Cómo Harry Potter me enseñó a librar mis batallas

Ayer se celebró el vigésimo aniversario de la publicación de Harry Potter y la piedra filosofal, y yo lo celebré participando en el club de lectura que ha organizado Pottermore, vistiéndome con mi camiseta más mágica y reflexionando sobre lo agradecida que estoy de haber podido crecer con Harry.

No es un secreto que J.K. Rowling es una de las personas a las que más admiro en este mundo. Como hija de madre soltera, siento el deber de darle las gracias por representar a todas las madres solteras, y por demostrar que pueden hacer cualquier cosa que se propongan, desde escribir el libro más vendido después de la Biblia hasta criar a un bebé cuando todo lo demás parece estar en su contra. Admiro a Jo por denunciar las injusticias, y por utilizar su plataforma para ofrecer soluciones. Admiro a Jo por no olvidarse de sus orígenes humildes. Y ante todo admiro a Jo por lo vocal que es acerca de su salud mental.

Lo cierto es que Harry siempre ha estado ahí exactamente cuando yo lo necesitaba, y con el tiempo he llegado a relacionar el mundo mágico de J.K. Rowling con la palabra recuperación. Al principio, cuando era una niña con un sistema inmunológico bastante débil, nada me hacía más feliz que tener otro libro de Harry Potter entre las manos. De pequeña sufría muchas infecciones que me obligaban a guardar cama, pero nunca sentí que me estuviese perdiendo mucho porque, junto con Harry, asistía a Hogwarts, la prestigiosa escuela de magia y hechicería, y era capaz de derrotar a un basilisco y volar a lomos de un hipogrifo. A los diez años, tras pasar un mes en cama con una otitis, vi tantas veces la película de El prisionero de Azkaban que creo que estropeé un poco el VHS.

Cuando crecí y empecé a mostrar signos de ansiedad y depresión, Harry volvía a estar ahí para apoyarme.

Es increíble el sentido de pertenencia que te otorga algo tan pequeño como saber tu casa de Hogwarts cuando has sufrido episodios de despersonalización desde los diecisiete años. Siempre me he sentido identificada con Gryffindor, la casa que valora la valentía, la lealtad y el honor sobre todas las cosas. Desde que sufro ciclos de ansiedad y depresión, sin embargo, Gryffindor ha venido a representar mi batalla contra las enfermedades mentales.

Me considero una persona valiente, puesto que entiendo le valentía no como la falta de miedo, sino como la falta de respuesta ante el miedo. Por eso, cuando Harry le confiesa a Lupin que su mayor miedo es el propio miedo, no pude evitar sentirme profundamente conmovida. Saber, además, que en la saga hay un modo de combatir ese miedo (el conjuro riddikulo) me deja con una extraña sensación de paz, como si yo, también, pudiese sacar mi varita y ahuyentar a mis fantasmas. Y puedo. Con la risa. Esa es otra cosa que me enseñó J.K. Rowling.

¿Algo más? La depresión. Jo tiene todo mi respeto al presentar a los niños una enfermedad tan devastadora a través de unas criaturas tan escalofriantes como los dementores, que se alimentan de tu alegría y tu felicidad. Es dolorosamente bonito, y honesto, saber que a estos dementores también se les puede vencer: con un poco de chocolate, para recomponerte, y el hechizo patronus (uno de los más difíciles, que requiere que conjures tu recuerdo más feliz). ¿Acaso no es así también en la vida real? La batalla contra la depresión es durísima, pero podemos asestar golpes al monstruo haciendo una pequeña colección de nuestros mejores recuerdos.

Al final del día, pase lo que pase, puedo contar con todas las lecciones que Harry Potter me legó. Te estoy muy agradecida, Jo. Mil y una veces. Gracias por enseñarme a encender la luz cuando la oscuridad amenaza con devorarme.

Gloria Fuertes, princesas y cuentistas 

Gloria Fuertes fue la primera poeta a la que leí y, coincidentemente, la primera a la que amé. Es una suerte que tu primer toma de contacto con la poesía sea de la mano de alguien que pueda obrar magia con las palabras de la manera en la que Gloria lo hacía; de lo contrario, la cicatriz resultante podría ser tan embarazosa que la sola mención de la poesía podría hacerte hiperventilar.

En aquel momento, con siete años, mi abuelo había intentado hacerme leer a Becquer y yo no me había entusiasmado demasiado. Porque tenía siete años.

Los niños son un público difícil. Si no controlas el sentido del ritmo los has perdido. Si dices en diez palabras lo que podrías decir en cinco no te lo perdonarán jamás. Los niños lectores son, en cierto sentido, mini Hemingways: si no dominas el sutil arte de la sencillez no tienen por qué perder su tiempo contigo.

Maya Angelou (otra poeta de la que me enamoré, pero cuando cursaba Literatura inglesa en la universidad) decía que easy reading is damned hard writing, y en eso Gloria era una auténtica maestra. Muy pocos pueden conquistar a los niños y muy pocos pueden decir tanto con una sencillez tan exquisita, y ahí reside el talento de Gloria.
Hoy las redes se caldearon un poco con el último artículo de Javier Marías. En él, el autor (del que últimamente se habla más por buscar la polémica fácil que por sus novelas) no solo cuestionaba la valía de Gloria Fuertes, sino que además aprovechaba para darnos una lista de “buenas autoras” (siempre bajo su propio juicio) a las que “leer por caridad”. Como Javier Marías es Javier Marías y todos sabemos del pie del que cojea, consideró que la ocasión también era buena para hacer una crítica del feminismo de hoy, que a su parecer ensalza a las mujeres solo por el hecho de ser mujeres.
Yo a los siete años no sabía mucho de la vida personal de Gloria Fuertes ni, mucho menos, del feminismo. De hecho, lo poco que sabía de las desigualdades entre los sexos lo había aprendido de las novelas de fantasía y de las películas de Disney: sabía que, en algún momento de la historia, las mujeres solo habían sido consideradas aptas para casarse, lo cual me parecía una soberana tontería, especialmente porque había tantos personajes literarios femeninos capaces de derrotar dragones. 

A los siete años pensaba que el concepto de la mujer como un ser inferior había quedado relegado a la Edad Media. No sabía, por ejemplo, que lo primero que van a decir de ti si escribes es tu sexo, ni que te van a criticar y etiquetar en base a él, ni mucho menos que podrían colgarte el estandarte de feminazi (antes a las feministas las llamaban histéricas, pero hoy en día se prefiere compararlas con una ideología política que defiende el exterminio sistematizado por motivos raciales) si te quejas. Puesto que ni intuía nada de esto, Gloria Fuertes fue una de las autoras maravillosas que me hizo ver que yo también tenía una voz y que podía usarla.
Javier Marías nos da una lista de mujeres a las que “leer por caridad”. Lo que yo no entiendo es cómo un hombre que se cree con la potestad de cuestionar el talento de sus colegas puede utilizar semejante expresión y quedarse tan tranquilo. 

“Por caridad” mi familia aceptaba escuchar los cuentos que yo contaba cuando ni siquiera sabía escribir. Y digo “por caridad” porque eso generalmente se traducía por una Andrea tan emocionada contando su historia que echaba a correr antes de terminarla. “Por caridad” porque ni siquiera conseguían una historia entera. “Por caridad” porque yo era una niña y demasiados adultos consideran que los niños no tienen todas sus facultades intactas, como diría Salinger.
Lo que Javier Marías no nos da es una lista de motivos por los que él considera a Fuertes una poeta tan sobrevalorada. Por no pecar de lo que critico, os diré por qué yo considero a Marías un autor tan sobrevalorado (ideologías políticas al margen, no vayan a tacharme de hipocritilla).

Simple y llanamente, como lo es todo en este artículo, desconfío de cualquier autor al que se le vea el plumero; es decir, cualquier autor que adore escucharse a sí mismo hasta el punto de no saber discernir entre un buen pasaje y un ejercicio de masturbación literaria. Cuando leo quiero que la historia me muestre lo brillante que es el autor, no que el propio autor me lo cuente, en primer lugar porque me gustaría que no menospreciasen mi comprensión lectora y en segundo lugar porque la arrogancia y las alabanzas a uno mismo me hacen poner los ojos en blanco. 
Así que me quedo con Gloria. Mil y una veces. Mágica Gloria. Una mujer que hizo honor a su apellido: Fuertes.

ku•rai ta•ni•ma

Kurai Tanima (暗い谷間) es la expresión japonesa que designa los quince años de la dictadura militar de la era Showā (es decir, los primeros años del reinado del Emperador Hiro Hito, conocido entonces como Emperador Showā). Kurai tanima, que se traduce por “el valle oscuro”, es, por lo tanto, la vertiente japonesa del “longo soño de pedra” con el que se denomina en Galicia al franquismo.

El valle oscuro es también el título de mi próxima novela. Sí, habéis leído bien: mi próxima novela. 

Aunque solo estamos a junio, puedo decir con total confianza que uno de los mayores regalos que me ha dado el 2017 es la oportunidad de ver publicadas dos novelas muy diferentes temáticamente pero que para mí tienen almas gemelas. Si tuviese que definirme por alguno de los libros que he escrito, hoy elegiría, mil y una veces, Desayuno en Júpiter y El valle oscuro. Ambas las terminé con menos de un año de diferencia, y ambas se harán un huequecito en las estanterías (bueno, Desayuno ya lo ha hecho) con menos de un año de diferencia. Pero lo más importante es lo que ambas significan para mí; las dos son un reflejo de mi visión del mundo: lo que supone ser una chica a la que le gustan otras chicas, la valentía silenciosa de ser una mujer cisgénero en un mundo en el que por ser hombre cisgénero automáticamente recibes mejores cartas, la importancia de levantar la voz cuando todos los demás callan. Las dos juegan con la magia, también, y las dos (Desayuno de pasada) hablan de la guerra.

La guerra siempre me ha fascinado. A los once años decidí ser corresponsal de guerra, y creo que mi madre se llevó una gran alegría cuando a los dieciocho, en cambio, opté por estudiar literatura. 

A los dieciocho, también, empecé a escribir de la guerra. Agosto de 2013. Normalmente tardo un par de meses en terminar una novela, pero El valle oscuro me tomó casi cuatro años. No porque sea excesivamente larga (de hecho, es un poco más corta que Desayuno) sino porque no es una historia completamente mía. Veréis, Momoko y Jun y todos los demás personajes son ficticios, y los fantasmas son ficticios, y gran parte del argumento es ficticio también, pero el alma de la novela está bañada de historias que no son mías y que he decidido no reproducir porque pertenecen a las personas que me las contaron y a sus familias.

Dejad que me explique: durante el verano del 2013, e intermitentemente hasta finales del 2015, conduje una serie de entrevistas con veteranos de guerra y sus familias. 

Aunque las guerras me intrigan, moralmente siento el deber de ser pacifista siempre y cuando el pacifismo no ponga en peligro las vidas de más personas. Y sabía, desde el principio, que no quería escribir una novela en blanco y negro, de héroes y villanos; quería pintar mi novela en tonos de gris, y quería que viviesen en ella personas de carne y hueso: valientes y cobardes, débiles y fuertes, generosas y egoístas, todo al mismo tiempo porque los humanos somos así de contradictorios.

Durante los meses que dediqué a entrevistar veteranos de guerra, aprendí un par de cosas sobre el coraje y la humanidad, pero sobre todo sobre el duelo y la amistad. Algunos testimonios me erizaron tanto la piel que acabé dedicándole la novela a tres de esos hombres: Henry (el único que murió en combate, en 1945, y del que su sobrino me contó historias entrañables y aterradoras), Leo y Glen (que murieron en 2014 y 2016, respectivamente). 

En el fondo, una de las cosas más especiales que te deja una novela es todo lo que aprendes con ella, y yo con El valle oscuro he aprendido a meditar y a conjurar fantasmas japoneses (que no es que vaya a intentarlo, pero…), y durante las sesiones de escritura mi casa se llenó de música clásica, y en esos cuatro años abastecí mis estanterías con poemarios de Yosano Akiko y muchas otras feministas japonesas de la primera ola.

¿Qué podréis encontraros en El valle oscuro? Veamos…

•Una chica que lanza mensajes en una botella.

•Una ladrona de comida en lata.

•Un hermano de uniforme y un hermano con un secreto.

•Una madre que quema literatura subversiva en su jardín.

•Un sepulturero con un corazón de oro.

•Visitantes que llegan de noche y se van de noche y un fantasma en el desván.

•Un muchacho con un pedacito de universo colgando del cuello.

•Y la guerra en todas sus facetas: cruel, ciega, desgarradora y atroz, capaz de romperlo todo y pedir más a cambio.

Ten amigos escritores que te hagan sentir como si pudieses obrar magia

Tengo la fortuna de poder contar con un buen puñado de amigos escritores. No solía ser así. Cuando empecé en el arte, como lo llama el bueno de Stephen King, era como uno de esos escritores locos que se vuelven ermitaños y acaban viviendo con siete u ocho gatos callejeros y hablando con su lamparita de noche (como Johnny Depp en esa película, La ventana secreta, que ahora que lo pienso está inspirada en un relato corto de Stephen King). Creo que mi madre se temía lo peor (es decir, que terminase mis días en una cabaña y bebiéndome mi propio pis, como el pobre viejo chiflado de Salinger), tal vez porque por aquel entonces El guardián entre el centeno era prácticamente mi Biblia. Solo empecé a interactuar con otros escritores a través de Internet, que me parecía la forma más segura de hacerlo, y como en aquel entonces Twitter solo estaba reservado a las celebrities y a hacer sesiones de espiritismo con estrellas muertas (ocurrió, y mi yo de catorce años realmente pensó que podría contactar con Kurt Cobain), los foros para escritores se convirtieron mi salvación. Aún así, me sentía un poco como esa niña rara que se cambia de colegio y que hace todo lo posible por ocultar que era una pardilla hasta el junio pasado pero que todo el mundo internamente sabe que sigue siendo una pardilla. Todo fue bien, sin embargo, y los amigos escritores que hice siguen estando ahí y tienen mucho talento y los quiero muchísimo.

Con el paso del tiempo acabé publicando y asistiendo a eventos y conociendo a más escritores en la vida real, y todos esos escritores también siguen estando ahí y también tienen mucho talento y también los quiero muchísimo (al principio yo seguía sintiéndome como la pardilla que quiere ocultar que es una pardilla solo que ahora con más urgencia porque va al instituto y la presión por encajar es más imponente).

Os cuento todo esto para que sepáis que no hablo a la ligera cuando digo que Henna es una de mis amigas escritoras favoritas, tal vez porque la conocí en la época en la que temía convertirme en una ermitaña chiflada con ocho gatos. No la conocí en un foro, sino en Tumblr, que entonces era mucho menos conocido y reaccionario que ahora, y empezamos a hablar debido nuestro amor a los libros, pero sobre todo porque las dos somos católicas (ella un poco más que yo) y de izquierdas (yo un poco más que ella). Henna es fabulosa en el sentido en el que es fabuloso contar con una amiga que es un poquito más talentosa que tú y a la que puedes admirar, y que por algún motivo cree que tú eres un poquito más talentosa que ella y que te puede admirar por ello.

A veces les doy la lata a mis amigos escritores (y a algunos no escritores también) cuando un manuscrito se me rebela y no sé cómo seguir, pero cuando realmente estoy desesperada siempre acudo a Henna. No sé por qué. Puede decirme “sigue adelante” y ya me inspira, quizá porque sé que tiene tanto talento que, sencillamente, es imposible que se equivoque.

Eso, en resumidas cuentas, es lo que pasó ayer. Necesitaba un título para mi proyecto actual (que tiene un título reciclado y flojillo, por lo que siempre viene bien contar con varios ases en la manga), y todas las personas que me conocen un poco saben que soy terrible para los títulos. De verdad. Puedo planear el argumento de una novela larga en una tarde y, si me pongo a ello, escribir y editar dicha novela en tres meses, pero necesito al menos una semana para dar con un título que, por regla general, es bastante malo e insípido. Creo que es porque soy bilingüe y lo que suena bien en inglés puede no sonar tan bien en español y viceversa, y al mismo tiempo creo que es porque solo sé escribir desde el punto de vista de mis personajes y para poner un título tengo que canalizar mi escritora interior y dar con algo que resulte mínimamente interesante a los potenciales lectores (y, ya de paso, a mi editora).

Total, que después de procrastinar y dejar el asunto del título de lado durante semanas, ayer me puse y me obligué a dar con al menos tres títulos decentes. No buenos, no inspirados, simplemente decentes. Me pasé toda una tarde para acabar con el título reciclado que ya tenía y una variante del mismo que, para ser sinceros, daba bastante pena. Así que hice lo que siempre hago cuando me quedo bloqueada: leer poesía. Muchos escritores (generalmente hombres que temen sufrir disfunción eréctil con solo nombrar a Emily Dickinson) alzan una ceja cuando lo digo, pero para mí leer poesía es un poco como conjurar a los dioses secretos de la escritura, que a cambio de dejar la cafeína de lado me prometen mayor fluidez, unas metáforas más poderosas y un sentimiento general de que sé lo que estoy haciendo. Pues bien, eso es exactamente lo que hice, y acabé con el título reciclado que ya tenía, una variante del mismo que, para ser sinceros, daba bastante pena, y un título muy ñoño y muy metafísico en el que no quiero ni pensar porque me da mucha vergüenza.

Estaba destrozada. Bueno, quizá destrozada no, pero sí muy frustrada conmigo misma. Si en algún momento he pensado en dejar la escritura, seguro que en ese momento estaba peleándome con un título malísimo que había venido a mí tras dos o tres semanas de búsqueda y bebidas cafeinadas.

Era el momento. Le envié un mensaje a Henna y le conté que estaba desesperada, totalmente en blanco, y le pedí por favor algún consejo o, mejor aún, algún título desechado que ella no fuese a utilizar nunca jamás (que es más o menos lo más bajo que puedes caer como escritor, para que tengáis en mente lo terrible que era en realidad mi situación). Henna me contestó en una hora (que es maravilloso, porque ella vive en California y nos separan, además de varios miles de kilómetros, nueve horas). No, no me dio ningún título desechado (por lo general, las dos coincidimos en que lo peor que puedes hacer con tus amigos escritores es andar prestando tus ideas, porque nunca sabes el cariño que les tienes hasta que te ofreces a regalarlas como un par de vaqueros que ya no te sirven), pero hizo algo mejor: me dio un consejo, y su consejo consistía en leer poesía hasta despertar a los dioses secretos de la escritura, que a cambio de dejar de molestarlos me darían uno o dos títulos decentes. Vamos, que me dijo que hiciera exactamente lo que ya estaba haciendo. Pero funcionó. Repasé de nuevo a mis poetas favoritos (que muchos de ellos también son sus poetas favoritos): Nayyira Waheed, Bukowski, Rupi Kaur, Maya Angelou, Mark Strand, Langston Hughes y Anne Duffy, y algo se encendió en mi cerebro (los dioses secretos de la escritura, con toda seguridad, que ya estaban cansados de mí) y las palabras cobraron al fin sentido y acabé con una pequeña colección de títulos con los que puedo trabajar y de los que me siento más o menos orgullosa.

Esa es la magia invisible de los buenos amigos escritores. Cuando disfrutas con su prosa, y cuando confías verdaderamente en su juicio, te dicen que hagas exactamente lo que ya estabas haciendo y el genio dormido dentro de ti abre los ojos, se despereza un poco y se pone manos a la obra. Magia.

En la vida real, supongo, ocurre lo mismo. Nuestro valor también está dentro de nosotros, muy escondido, como una criatura tímida y muy nerviosa, hasta que nuestros amigos lo señalan con el dedo y hacen que parezca luminoso, una especie de corona de oro ardiente que es solo nuestra para compartir con el mundo.

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