Hay monstruos ahí fuera

Hay monstruos ahí fuera. Y aquí dentro.

A veces lees libros que te llegan en el momento correcto, o que tocan una parte de ti que habías escondido hace tiempo, y cuando los terminas sabes que no eres la misma persona que lo empezó. No del todo. 

Si hay algo que siempre sale a flote en mis momentos más vulnerables es la ansiedad social. Fue una especie de gigante aterrador en mi niñez (cuando, de ser una súperheroína, la facilidad para enrojecer y tartamudear hasta casi el desmayo se contarían entre mis súperpoderes), y fue apaciguándose hasta quedar relegado a un gigante dormido desde mis diecisiete a mis veinte años. A partir de entonces, sin embargo, el gigante se ha desperezado un poco y a veces le gusta asomar la cabeza para asustarme.

Pero antes mencioné un libro. Eliza and her monsters, de Francesca Zappia, puso ante mí un espejo en el cual pude ver reflejada mi ansiedad social.

No me gusta hablar de ella. La primera regla del club de la ansiedad social es que no hablas de ello porque… bueno, porque te da ansiedad. Fear of a name only increases fear of the thing itself, diría Dumbledore. De hecho, estoy muy segura de que podría contar con los dedos de una mano las veces que he hablado en voz alta de mi ansiedad social. Ni siquiera me siento cómoda comentándoselo a mi psicólogo, de modo que aquí la ansiedad social es un síntoma y no un diagnóstico.

Otro de los motivos por los que no hablo de ella es porque se me da muy bien esconderla. No tengo problemas en hablar en público (digamos, en la presentación de un libro o en una exposición de la carrera) porque sé que eso es algo que la gente suele temer pero que a mí, por un motivo, se me da bien, por lo cual no es probable que decepcione a nadie. ¿Socializar, en cambio? La mayoría de los días, si tengo que hacer una llamada telefónica (y os aseguro que buscaré cualquier otra solución que no suponga contacto humano), me paso al menos cinco minutos mirando al aparato como si fuese a marcar el número solo antes de llamar. En los peores episodios he sentido ansiedad hasta de quedar con mis mejores amigos.

A lo largo de los años mi ansiedad social me ha empujado a hacer tonterías de lo más variopinto, desde quedarme sentada en unos lavabos públicos durante mucho más tiempo del realmente necesario solo para prepararme mentalmente antes de entrar en una clase llena de decenas de personas hasta ensayar mentalmente una y otra vez un sencillo saludo antes de decirlo en voz alta.

Debido a mi trabajo (escritora de ficción y contributing author en una revista de salud mental), mucha gente espera que sea más fácil para mí lidiar con la ansiedad social. No voy a negar que es más fácil, pero tampoco es necesariamente fácil per se. He tenido taquicardias, por ejemplo, solo al contestar un mensaje, y he empezado a respirar rápido al sentir mi móvil vibrar con la respuesta.

Al final, como todo, la clave está en las expectativas. Lo que la gente espera de mí y lo que yo hago. Si los decepciono o sí no. Si es una pesadilla trabajar conmigo o no. Si se nota lo socialmente inepta que soy o no. 

Con el tiempo aprendes a bailar con estas preguntas, y a sacar los puños si hace falta. La vida es demasiado corta para pasársela temblando en una esquina. Y mucho más interesante y arrolladora cuando desafías a tus monstruos, esos a los que tanto les gusta jugar sucio. El secreto está en los tiempos muertos, en guardar un par de días para pasar con una taza de té, un gato, un libro y el móvil en modo avión. O, al menos, eso es lo que hago yo.

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2 thoughts on “Hay monstruos ahí fuera

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  1. No sé si tendré ansiedad social o no (porque hace mucho que no voy a psicólogos y, cuando iba, no decía la verdad), solo sé que me sentí completamente identificada con lo que escribiste. A mí me costó un par de años más que a todas mis compañeras el lograr irme sola luego de la escuela, y no me daba miedo el subirme al taxi o cosas así. Me daba miedo que el taxista no me respondiera o que yo tartamudeara al saludar, o que la voz no me saliera, o que simplemente no saludara por los nervios y quedar mal… A veces, todavía me pasa. De hecho, siempre me coloco audífonos al subirme al taxi para que el conductor no me hable porque cuando lo hacen me pongo nerviosa y no logro responder.
    Yo no puedo con las llamadas telefónicas, no sé qué decir, no sé cómo reaccionar, me da nervios. Menos mal que existe el WhatsApp, y eso que me tardo en mandar los mensajes porque los pienso demasiado.
    Pero bueno, gracias por contarnos el secreto, es también lo que hago yo <3.

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