El miedo que asfixia y envenena

No voy a hablar del bloqueo del escritor. En primer lugar, porque no quiero que piense que lo estoy llamando (no soy supersticiosa, pero ya sabéis que habelas hainas), y en segundo lugar porque una cosa es el bloqueo y otra el miedo. El bloqueo es seco, árido. El miedo te engulle y te ahoga como una ola.

Pero, lo más importante, es que con el miedo se puede trabajar (para algunos, de hecho, semejante zona de guerra se ha convertido en nuestro pan de cada día); el bloqueo, sin embargo, te empuja a aporrear el teclado sin conseguir que salga de él nada más interesante que un plato de coliflor.

Desde que me dedico a la escritura de forma profesional (es decir, desde que la gente paga por leerme y no quiero que tiren su dinero ni que se sientan engañados), trabajar con el miedo a no ser lo suficientemente buena se ha convertido en algo tan mío como el sonido de mi risa o el juego de unir los puntos en el que pueden convertirse mis lunares.

Cuando empecé en esto de ser autora publicada, toda mi autoestima profesional estaba basada en las reseñas, las puntuaciones de Goodreads y los tweets sobre mi novela. Lo primero que hacía al levantarme era comprobar mis redes sociales precisamente para eso, para dejar que otras personas decidiesen ese día si yo iba a ser buena en mi trabajo o no. Y, naturalmente, depositar mi autoestima en mis lectores, por mucho que los aprecie, es un arma de doble filo.

Recibir una mala crítica no solo te deja lecciones valiosísimas para crecer (y soy la primera en agradecerlas), también da fuerza a esa vocecilla en tu cabeza que no desaprovecha ninguna oportunidad para recordarte qué mal se te da lo que supuestamente se te da mejor que ninguna otra cosa en este mundo. Recibir una buena crítica te da un chupinazo de motivación, pero también anima a esa otra vocecilla que se pregunta si no habrás agotado todo tu talento en esa novela.

Hablar de las críticas en este mundillo es tabú, especialmente si es para confesar cuánto te afectan. Se supone que debemos decir que todas las críticas son bienvenidas porque todas nos enseñan algo, y es cierto, pero también es muy cierto que somos humanos y, como tal, compartir cualquier cosa impregnada de nuestro mundo personal nos coloca en una posición muy vulnerable. Y todos, de algún modo u otro, dejamos pedacitos de nosotros en las novelas que escribimos.

A la gente le suele sorprender cuando confieso que las críticas me afectan, así que voy a desnudarme aquí mismo delante de todos: sí, lo hacen, y mucho, aunque ahora menos que antes.

Con el tiempo he aprendido a no depositar mi valor en aquello que no puedo controlar. Independientemente de lo que haga, habrá críticas buenas y malas (y, si no me creéis, leed críticas malas de vuestro libro favorito y críticas buenas del libro más pésimo que recordéis leer). Además, está esta verdad incuestionable: desde el principio, siempre, fuimos las dos, la escritura y yo. Empecé a escribir porque no encontraba exactamente los libros que quería leer, y seguí escribiendo porque nada más me hacía sentir tan viva. ¿Por qué, entonces, empeñarme en escribir los libros que querían leer los demás? ¿Por que matar mi creatividad a cambio de la aprobación de los demás?

Con los años he aprendido que hay cosas puramente mías (mi estilo, aunque pueda perfeccionarse, y las temáticas que me apasionan, aunque esta categoría nunca deje de crecer), y otras que son universales a todos los escritores (la técnica, la ejecución). Aquí radica también la diferencia entre mi valor (que elijo depositar en mi trabajo y en mí misma) y todas las lecciones que debo aprender sobre mi trabajo.

Estos días, el miedo a fallar sigue ahí, pero de otra manera. Con cada palabra tengo miedo a dejar de sentirme orgullosa de lo que hago, o a caer en un bloqueo sin fin. El perfeccionismo, como dicen, mata la creatividad. Paradójicamente, también la alimenta, aplicado de la manera correcta.

Ser perfeccionista significa nunca estar conforme contigo mismo, y eso sólo puede hacerte daño si le dejas. Es difícil, no voy a engañaros, pero es posible (y, de hecho, recomendable) utilizar el perfeccionismo a vuestro favor. El camino va hacia delante, siempre, si vuestro foco reside en mejorar. Mejorar por vosotros. Mejorar por vuestras historias. Mejorar, a fin de cuentas, porque este es el trabajo que habéis escogido y que volverías a escoger, una y otra vez, todos los días de vuestra vida.

Como he dicho, con el miedo se puede trabajar. Alimentaos de él. Haceros amigos. No le temáis al lobo feroz; vosotros, al fin y al cabo, podéis domesticarlo.

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