Ten amigos escritores que te hagan sentir como si pudieses obrar magia

Tengo la fortuna de poder contar con un buen puñado de amigos escritores. No solía ser así. Cuando empecé en el arte, como lo llama el bueno de Stephen King, era como uno de esos escritores locos que se vuelven ermitaños y acaban viviendo con siete u ocho gatos callejeros y hablando con su lamparita de noche (como Johnny Depp en esa película, La ventana secreta, que ahora que lo pienso está inspirada en un relato corto de Stephen King). Creo que mi madre se temía lo peor (es decir, que terminase mis días en una cabaña y bebiéndome mi propio pis, como el pobre viejo chiflado de Salinger), tal vez porque por aquel entonces El guardián entre el centeno era prácticamente mi Biblia. Solo empecé a interactuar con otros escritores a través de Internet, que me parecía la forma más segura de hacerlo, y como en aquel entonces Twitter solo estaba reservado a las celebrities y a hacer sesiones de espiritismo con estrellas muertas (ocurrió, y mi yo de catorce años realmente pensó que podría contactar con Kurt Cobain), los foros para escritores se convirtieron mi salvación. Aún así, me sentía un poco como esa niña rara que se cambia de colegio y que hace todo lo posible por ocultar que era una pardilla hasta el junio pasado pero que todo el mundo internamente sabe que sigue siendo una pardilla. Todo fue bien, sin embargo, y los amigos escritores que hice siguen estando ahí y tienen mucho talento y los quiero muchísimo.

Con el paso del tiempo acabé publicando y asistiendo a eventos y conociendo a más escritores en la vida real, y todos esos escritores también siguen estando ahí y también tienen mucho talento y también los quiero muchísimo (al principio yo seguía sintiéndome como la pardilla que quiere ocultar que es una pardilla solo que ahora con más urgencia porque va al instituto y la presión por encajar es más imponente).

Os cuento todo esto para que sepáis que no hablo a la ligera cuando digo que Henna es una de mis amigas escritoras favoritas, tal vez porque la conocí en la época en la que temía convertirme en una ermitaña chiflada con ocho gatos. No la conocí en un foro, sino en Tumblr, que entonces era mucho menos conocido y reaccionario que ahora, y empezamos a hablar debido nuestro amor a los libros, pero sobre todo porque las dos somos católicas (ella un poco más que yo) y de izquierdas (yo un poco más que ella). Henna es fabulosa en el sentido en el que es fabuloso contar con una amiga que es un poquito más talentosa que tú y a la que puedes admirar, y que por algún motivo cree que tú eres un poquito más talentosa que ella y que te puede admirar por ello.

A veces les doy la lata a mis amigos escritores (y a algunos no escritores también) cuando un manuscrito se me rebela y no sé cómo seguir, pero cuando realmente estoy desesperada siempre acudo a Henna. No sé por qué. Puede decirme “sigue adelante” y ya me inspira, quizá porque sé que tiene tanto talento que, sencillamente, es imposible que se equivoque.

Eso, en resumidas cuentas, es lo que pasó ayer. Necesitaba un título para mi proyecto actual (que tiene un título reciclado y flojillo, por lo que siempre viene bien contar con varios ases en la manga), y todas las personas que me conocen un poco saben que soy terrible para los títulos. De verdad. Puedo planear el argumento de una novela larga en una tarde y, si me pongo a ello, escribir y editar dicha novela en tres meses, pero necesito al menos una semana para dar con un título que, por regla general, es bastante malo e insípido. Creo que es porque soy bilingüe y lo que suena bien en inglés puede no sonar tan bien en español y viceversa, y al mismo tiempo creo que es porque solo sé escribir desde el punto de vista de mis personajes y para poner un título tengo que canalizar mi escritora interior y dar con algo que resulte mínimamente interesante a los potenciales lectores (y, ya de paso, a mi editora).

Total, que después de procrastinar y dejar el asunto del título de lado durante semanas, ayer me puse y me obligué a dar con al menos tres títulos decentes. No buenos, no inspirados, simplemente decentes. Me pasé toda una tarde para acabar con el título reciclado que ya tenía y una variante del mismo que, para ser sinceros, daba bastante pena. Así que hice lo que siempre hago cuando me quedo bloqueada: leer poesía. Muchos escritores (generalmente hombres que temen sufrir disfunción eréctil con solo nombrar a Emily Dickinson) alzan una ceja cuando lo digo, pero para mí leer poesía es un poco como conjurar a los dioses secretos de la escritura, que a cambio de dejar la cafeína de lado me prometen mayor fluidez, unas metáforas más poderosas y un sentimiento general de que sé lo que estoy haciendo. Pues bien, eso es exactamente lo que hice, y acabé con el título reciclado que ya tenía, una variante del mismo que, para ser sinceros, daba bastante pena, y un título muy ñoño y muy metafísico en el que no quiero ni pensar porque me da mucha vergüenza.

Estaba destrozada. Bueno, quizá destrozada no, pero sí muy frustrada conmigo misma. Si en algún momento he pensado en dejar la escritura, seguro que en ese momento estaba peleándome con un título malísimo que había venido a mí tras dos o tres semanas de búsqueda y bebidas cafeinadas.

Era el momento. Le envié un mensaje a Henna y le conté que estaba desesperada, totalmente en blanco, y le pedí por favor algún consejo o, mejor aún, algún título desechado que ella no fuese a utilizar nunca jamás (que es más o menos lo más bajo que puedes caer como escritor, para que tengáis en mente lo terrible que era en realidad mi situación). Henna me contestó en una hora (que es maravilloso, porque ella vive en California y nos separan, además de varios miles de kilómetros, nueve horas). No, no me dio ningún título desechado (por lo general, las dos coincidimos en que lo peor que puedes hacer con tus amigos escritores es andar prestando tus ideas, porque nunca sabes el cariño que les tienes hasta que te ofreces a regalarlas como un par de vaqueros que ya no te sirven), pero hizo algo mejor: me dio un consejo, y su consejo consistía en leer poesía hasta despertar a los dioses secretos de la escritura, que a cambio de dejar de molestarlos me darían uno o dos títulos decentes. Vamos, que me dijo que hiciera exactamente lo que ya estaba haciendo. Pero funcionó. Repasé de nuevo a mis poetas favoritos (que muchos de ellos también son sus poetas favoritos): Nayyira Waheed, Bukowski, Rupi Kaur, Maya Angelou, Mark Strand, Langston Hughes y Anne Duffy, y algo se encendió en mi cerebro (los dioses secretos de la escritura, con toda seguridad, que ya estaban cansados de mí) y las palabras cobraron al fin sentido y acabé con una pequeña colección de títulos con los que puedo trabajar y de los que me siento más o menos orgullosa.

Esa es la magia invisible de los buenos amigos escritores. Cuando disfrutas con su prosa, y cuando confías verdaderamente en su juicio, te dicen que hagas exactamente lo que ya estabas haciendo y el genio dormido dentro de ti abre los ojos, se despereza un poco y se pone manos a la obra. Magia.

En la vida real, supongo, ocurre lo mismo. Nuestro valor también está dentro de nosotros, muy escondido, como una criatura tímida y muy nerviosa, hasta que nuestros amigos lo señalan con el dedo y hacen que parezca luminoso, una especie de corona de oro ardiente que es solo nuestra para compartir con el mundo.

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