Por qué escribo personajes masculinos

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Si hay un elemento de mi escritura del que soy dolorosamente consciente es mi preferencia por escribir personajes masculinos. Y digo dolorosamente no porque los personajes masculinos sean algo inherentemente negativo, sino porque es un hecho no discutible que los hombres, especialmente en roles más activos, están sobrerrepresentados en la cultura. Me refiero a hombres tomando protagonismo incluso cuando no deberían (como en la película Stonewall, donde las mujeres trans de color que originaron los disturbios fueron reemplazadas por un hombre blanco ficticio); a hombres que empiezan en la obra como panolis pero terminan, de algún modo, superando sin mayor esfuerzo a su mentora (mirad cualquier película de acción); me refiero a hombres adoptando roles irrefutablemente activos mientras que los personajes femeninos, de existir, son relegados a papeles más pasivos (como la doncella a la que hay que salvar o el interés romántico al que se cargan para avanzar la trama) o, de permitírseles adoptar papeles más activos, es a costa de la pérdida de su feminidad.

Digo dolorosamente porque me he quejado de esta problemática en muchas ocasiones y, sin embargo, sigo cayendo en lo mismo. Seré honesta. Adoro a muchos de mis personajes femeninos. Adoro la fortaleza de Momoko y adoro la determinación de Amoke y adoro la valentía de Jun y adoro la ligereza de Ofelia y, oh, adoro tantísimo el hecho de que Judith no le permita a nadie que pase por encima de ella. Adoro a mis chicas pero, de todos los que he escrito, mis personajes favoritos siguen siendo los masculinos: Jimmy Race, Cricket, Chaim, Jean-Louis, Nikolai, Takuma, Kenji.

¿Por qué? Coincidentemente o no, de todos los que he leído, mis personajes favoritos son masculinos. Bueno, miento, no todos. Están Idgie Threadgood y Jo March y Katniss Everdeen y Escarlata O’Hara, pero son una minoría frente a las legiones de personajes masculinos que prefiero.

¿Por qué? Bueno, por diversos motivos, los personajes que más me atraen son los alborotadores, gallitos y rebeldes. Mi tropo favorito de todos los tiempos, de hecho, es el grupo de amigos que matarían los unos por los otros, los amigos que combaten juntos junto a una injusticia común.

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¿Los personajes a los que más cariño les tengo? Les Amis de l’ABC de Los Miserables, los poetas muertos de El club de los poetas muertos, los rebeldes de Rebeldes y los merodeadores de Harry Potter. No sé qué me atrae tanto de ellos, en realidad, pero son los que más viva me hacen sentir. Son los que me recuerdan por qué escribo, por qué defiendo las ideas que defiendo, por qué me niego a caer en el cinismo y el escepticismo (I’m looking at you, Grantaire).

También son grupos en los que yo, aparentemente y por una cuestión tan aleatoria como el género que me asignaron al nacimiento (que es, por cuestiones aleatorias, también el género con el que me identifico), no sería bienvenida si fuesen reales.

Aunque todos los personajes principales de Los Miserables son trágicos (no sé qué quieres que te diga, está en el mismo título), ninguno tiene tan poca lucha dentro de sí como los femeninos. Fantine se deja la piel por su hija, sí, pero Hugo siempre la pinta como angelical, una figura casi virginal e inalcanzable. Cosette, como personaje, queda reducido a una figura: el objeto del amor de Marius y el recordatorio de la promesa que Valjean le hizo a Fantine. Éponine, tal vez el personaje femenino más desarrollado, es un personaje patético, quizá de los más miserables entre los miserables: una chica pobre, abusada por sus padres, obsesionada con Marius y movida por la desesperación. No me malinterpretéis: me encanta Éponine (la de la novela, eso es, no la del musical disfrazada de chica enamorada) y me encantan su agresividad y sus bordes afilados, pero al mismo tiempo me quedo sedienta porque el único personaje femenino de la novela con un rol más activo está movido por esa desesperación. No conocemos nada más de Éponine que su obsesión y sus penurias, y sé que Los Miserables es una novela decimonónica y que no podemos exigir lecturas contemporáneas a obras de hace doscientos años, por lo que no voy a condenar a Hugo por la falta de personajes femeninos desarrollados en su mastodonte de 1900 páginas.

Los Miserables se escribió hace doscientos años, sí. Pasemos a la siguiente novela, por orden cronológico.

Rebeldes, escrita en los años 60 por la entonces adolescente S.E. Hinton. Rebeldes me fascina por muchos motivos pero, al crecer en un barrio obrero en el que vi diversas problemáticas, la novela me tocó de una manera especial. Y me enamoré de la relación entre los personajes, simple y llanamente. Me enamoré de lo sencilla que era su amistad, de lo incondicional, de lo pasional. Me enamoré de la dureza de Dallas y de la suavidad de Johnny y de la inocencia de Pony y de la voluntad de Darry y de las bromas de Two-Bit y del optimismo de Soda. Me habría gustado que esos personajes fuesen reales, os lo digo en serio.

¿Y los personajes femeninos? Veamos, Pony describe a las chicas del barrio como “fulanas”, y juzga constantemente a las novias de Dallas y Soda. Los prejuicios de Pony no son solo eso, prejuicios de un chico blanco que creció en la masculinidad tóxica de un barrio pobre; los sucesos del argumento revelan que, pese a todo, tenía razón. El único personaje femenino que se presenta en términos positivos es Cherry Valance, casualmente una de las chicas a las que Pony considera físicamente atractivas (porque eso es todo lo que importa, ¿no es así?). Aún con todo, a Cherry se la sigue tratando con cierto escepticismo, como a una traidora de clase o, como la describe Dallas, “esa putita Soc“. De nuevo, la trama apoya el hecho de que los chicos están de acuerdo en sus juicios.

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La traición de Rebeldes es particularmente dolorosa porque su autora es una mujer y porque el libro está escrito en una época que ya vio dos olas feministas. Claro que luego te enteras de que S.E. Hinton acusó a sus lectores adolescentes de heterófobos por hacer lecturas queer de sus personajes (un grupo de chicos adolescentes muy cercanos entre ellos y en una trama en la que solo una mujer tiene algo de relevancia… ¿Qué se esperaba?) y, bueno, no pueden pedírsele peras al olmo, ¿eh?

¿El club de los poetas muertos? Aunque ambientada en los años 50, la película fue escrita en los 80. Aún así, el único rol que tienen los (absolutamente secundarios) personajes femeninos (madres aparte, he contado tres) es el de interés romántico. Una de las subtramas más lamentables y, honestamente, olvidables de la película es el encaprichamiento obsesivo de Knox por Chris, una chica de la que, recordemos, se enamora con verla una única vez. Una chica cuya voluntad Knox nunca se plantea (lo importante es que aquí él está siendo movido por el romanticismo con minúscula, porque parece ser que el señor Keating, con todo, no les ha enseñado la diferencia entre Románticos y románticos), una chica a la que Knox deja en evidencia repetidamente, una chica cuya relación es puesta en peligro porque Knox está obsesionado con ella.

Los otros dos personajes femeninos (exceptuando a las madres, que son eso, madres y no se las caracteriza más) son las chicas a las que Charlie Dalton invita a la cueva donde los poetas muertos se reúnen. Charlie, por supuesto, no las invita porque esté ardiendo en deseos de conocer sus sentimientos respecto a la poesía, sino porque están buenas. Y ellas, como las mujeres lámpara que son, se ríen de sus chistes, y cuando Charlie intenta hacer pasar por suyos poemas de Shakespeare y de Byron ellas no se dan cuenta porque, al parecer, las mujeres no estudian literatura en la preparatoria. Eso sería el acabose. (¿Otra cosa que sería el acabose? Keating enseñando a alguna poeta femenina, que serán los años 50 y todo lo que quieras, pero la influencia de Emily Dickinson, por ejemplo, ya era celebrada entonces).

¿Harry Potter? Esto es lo más irritante porque es una serie de libros escrita por una mujer entre finales de los años 90 y principios de los 2000. Y sí, hay algunos personajes femeninos maravillosos en Harry Potter (no voy a decir muchos porque tampoco es la repanocha): Hermione, Tonks, Luna y Minerva McGonagall.

Los Merodeadores eran cuatro y eran hombres. Lily (la quinta merodeadora por excelencia) brilla por su falta de personalidad. Realmente lo único que sabemos de ella es que era guapa (su belleza y sus ojos verdes y su pelo rojo son lo que más destacan los otros personajes sobre ella), que era popular y que era buena gente. Luego ya nos enteramos de que, además, se le daban bien las pociones. Pero nada más. Nunca sabemos qué se pasaba por su cabeza, cuáles eran sus motivaciones, nada. Ni siquiera sabemos cuál era su papel en la Orden del Fénix, lo cual nos lleva a asumir que tal vez no tenía un papel demasiado relevante.

En el Ejército de Dumbledore tampoco están las cosas como para echar tiros. Sí, Hermione es un personaje maravilloso y nos enseñó a muchas que está bien querer ser inteligente y estudiosa, pero escuchadme (y no os echéis a mi cuello): está codificada de una manera muy típicamente femenina, y esto no es reflejado ni por Harry ni por la trama como algo positivo. Harry a menudo encuentra irritante su voz chillona y el hecho de que sea sensible y llore (lo cual, per se, no es algo malo y ojalá se dejase de equiparar la frialdad con la fortaleza, pero dice bastante que los únicos personajes llorones y sensibles sean mujeres: Hermione y Cho).

Ginny, lo siento, pero desde el punto narrativo es un espanto. Tiene una personalidad muy blanda en los cuatro primeros libros y en el quinto hace un giro de 180º (sin evolución de ningún tipo) y se convierte en una badass que, además, está buenísima. Porque eso es lo más importante. Y sí, sé que Harry no es la persona más observadora del mundo, pero una cosa es tener un unreliable narrator y otra muy distinta es pretender que el lector se crea que el Quidditch siempre fue la pasión secreta de Ginny cuando nos la muestras más aburrida que una ostra en la final de la Copa Mundial de Quidditch. Y sí, se nos cuenta que su papel en la guerra mágica es activo, pero ahí está el quid de la cuestión: eso es algo que se nos cuenta pero que como lectores nunca vemos.

Aparte está el hecho, naturalmente, de que no hay amistades femeninas en Harry Potter. O, bueno, hay una: Lavender y Parvati. Coincidentemente, Lavender y Parvati tienen hobbies y gustos muy convencionalmente femeninos. Coincidentemente, a Lavender y a Parvati se nos las pintan como tontas y molestas. ¿Por lo demás? Se nos cuenta que Ginny y Luna se llevan bien, pero tampoco son lo que podríamos considerar amigas. Las relaciones más cercanas de las mujeres de Harry Potter son, sorpresa, hombres. En palabras de Amy Dunne…

“Cool girl”. Men always use that, don’t they? As their defining compliment: “She’s a cool girl”. Cool girl is hot. Cool girl is game. Cool girl is fun. Cool girl never gets angry at her man. She only smiles in a chagrined, loving manner. And then presents her mouth for fucking. She likes what he likes, so evidently he’s a vinyl hipster who loves fetish Manga. If he likes girls gone wild, she’s a mall babe who talks for football and endures buffalo wings at Hooters.

Así que aquí llegamos. La mayoría de mis personajes favoritos son masculinos. La mayoría de los personajes que escribo y que me apasionan son masculinos, tal vez porque me he pasado una vida leyendo las aventuras de hombres y no de mujeres, las amistades de hombres y no de mujeres. Y sí, partir de tu propia experiencia puede ser muy valioso a la hora de escribir, pero no podemos negar el rol crucial que las obras que ya hemos leído tienen en nosotros.

Tengo que confesarlo: me cuesta escribir amistades femeninas. Aunque el 90% de mis amistades sean otras mujeres. Aunque me moleste el tropo de la única mujer en un grupo de hombres. Aunque esté sedienta por ver más amistades femeninas representadas de forma positiva en la literatura.

Lo cierto es que los personajes que construyo con más facilidad son los masculinos. Los personajes que se me vienen primero a la cabeza son los masculinos. Y esta entrada no tiene un momento eureka, no realmente. Esto es algo en lo que sigo trabajando y algo que sigo intentando superar. Adoro mis personajes masculinos y adoro mis personajes femeninos, pero estoy intentando derribar la brecha entre unos y otros.

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El síndrome del impostor

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Ayer mi jefe y yo tuvimos una reunión. Mi periodo de prueba en la editorial había terminado y teníamos que evaluar mi trabajo y decidir si sería una buena asistente editorial. Estaba tan convencida de que la respuesta iba a ser negativa que el sí (!!!!!!!) me cogió total y absolutamente por sorpresa.

Es extraño porque hasta hace poco tiempo no diría que sufro del síndrome del impostor porque nunca he creído que soy lo suficientemente buena incluso para eso, lo que es, como, un síntoma bastante grande de que sufres realmente el síndrome del impostor.

El síndrome del impostor, en las personas creativas, es esa idea inamovible de que nuestro talento es solo el 1% de nuestro éxito. Aunque es cierto que la suerte y el privilegio son factores en ese éxito, catalogarlos como el único motivo por el que hemos sido publicados, por el que vendemos libros, por el que nos sigue la gente en redes… es tóxico. Muy, muy tóxico, y no debemos dejar que su nombre se convierta en una expresión de moda más. El síndrome del impostor es, en muchos casos, un síntoma de un desorden mental más grande, y no debemos caer en la tentación de tomarlo como un aspecto normal y predecible de la vida de una persona creativa porque la creatividad y la tortura mental no deberían ir de la mano.

La idea de que Van Gogh no habría sido Van Gogh si no hubiese sufrido depresión clínica (en lugar de imaginar en todo el potencial que Van Gogh habría podido desplegar si no sufriese una enfermedad mental debilitante y, en muchos casos, mortífera) es uno de los grandes demonios de la creatividad y, creo, uno de los factores por el cual el síndrome del impostor no se toma lo suficientemente en serio.

Hace un par de días escribí un hilo en Twitter sobre cómo mi obsesión con leer las reseñas sobre mis libros me empujó a episodios de ansiedad y un bloqueo que me impidió terminar una novela durante más de un año. El síndrome del impostor también forma parte de esto.

El síndrome del impostor es pensar que la próxima vez que publicarás te pondrás en ridículo porque, evidentemente, lo que escribes apesta y todo el mundo menos tú se da cuenta de ello. El síndrome del impostor es estar convencido de que todos piensan que no te mereces las oportunidades que has recibido. El síndrome del impostor es la incapacidad de premiarte o decir cosas positivas sobre tu trabajo en voz alta porque estás seguro de que nadie compartirá tu opinión. El síndrome del impostor es creer que todas las opiniones positivas sobre tu trabajo surgen de un lugar de lástima y que todas las opiniones negativas sobre tu trabajo son las únicas verdaderas. El síndrome del impostor es sentir ansiedad cuando te piden consejo porque jamás te permitirás creer que has llegado donde has llegado debido a tu propio trabajo.

He aprendido a darle una patada a esa vocecita que me dice que no soy suficiente, en su mayor parte, pero, para ser sincera, todavía sigo tomando el “no” como respuesta por defecto y todavía sigo sorprendiéndome cuando mi trabajo es visto como “bueno”.

En la revisión de mi mes de prueba dije algo que creo que es muy cierto sobre cómo yo, y muchas otras personas creativas, percibimos nuestro trabajo: soy tan consciente del espacio entre lo que quiero hacer y lo que realmente hago que me paralizo porque soy incapaz de funcionar si no alcanzo la perfección. 

Estoy aprendiendo a que ese espacio vacío, esa nada que veo tan inmensa e imposible, me motive en lugar de asustarme. Estoy aprendiendo a ver posibilidades en ese vacío, promesas en ese vacío, lecciones que no es necesario aprender castigándote a ti mismo.

Lo que mi jefe me contestó es también muy cierto y algo que todos deberíamos recordarnos de vez en cuando: lo que es perfección para ti no es perfección para mí y no es perfección para la persona al otro lado de la habitación. El trabajo que te parece vergonzoso puede ser perfecto para otra persona, y el trabajo que te parece perfecto puede estar carente de muchos elementos para otro.

Lo que me está ayudando a separarme de esas dudas y esa inseguridad es precisamente eso: separarme. Saber cuándo terminar una sesión de trabajo y salir a la calle, a respirar; saber cuándo mi cerebro necesita un descansosaber apreciar la creatividad de otros sin compararme o sin sentir la necesidad de ir corriendo a trabajar en mi propia creatividad.

En definitiva, ser más amable conmigo misma.

YALC y Booktubeathon

Violeta y yo con Sanne del canal de YouTube Books and Quills

Como con muchas cosas en la vida, a veces tengo la sensación de que o participo en la comunidad young adult al 100% o no participo en absoluto.

Estas últimas semanas, por fortuna, han sido lo primero.

El sábado mi amiga Violeta Guerrero (una escritora fabulosa que estoy segura de que acabará en las estanterías de todas las librerías tarde o temprano) y yo fuimos a la Young Adult Literature Convention (¡YALC para abreviar!), que a su vez forma parte de la London Film and Comic Con (a la que también asistimos, pero sólo de pasada y hasta que nos dimos cuenta de que no es exactamente lo nuestro).

La YALC me recordó por qué adoro tanto la literatura juvenil y por qué sigue siendo como una casa para mí:

  • Diversidad. La comunidad young adult es absolutamente multicultural, y me siento orgullosa de decir que, después de la megaestrella que es Tom Fletcher, la autora que más libros firmó fue Tomi Adeyemi.
  • Entusiasmo. A lo largo del día vi a centenares de personas disfrazadas de sus personajes favoritos, participando en retos literarios y en workshops, cargando MALETAS llenas de libros (¡Para que luego digan que los jóvenes no leemos!).
    • Creatividad. Como he dicho, centenares de personas participando en retos y workshops, pero también sacando la foto perfecta para bookstagram, preparando sus próximas novelas, compartiendo links a sus blogs…
    • Comunidad. Aunque hablábamos entre nosotras en español, la gente no se cortaba a la hora de dirigirse a nosotras y preguntarnos sobre nuestras próximas lecturas, sobre las novelas que escribimos…
  • Además de dejar nuestras carteras más delgadas en los puestos de las editoriales y las librerías (aunque no mucho más delgadas, ya que había descuentos increíbles como £5 por paperback y £10 por tres paperbacks), Violeta y yo participamos en una sesión de pitching con agentes literarios (básicamente tenías cinco minutos para contarles tu proyecto a las agentes y ellas te daban feedback sobre él) y asistimos a una charla sobre representación LGBT. También participamos en varios sorteos y concursos, ¡y ambas ganamos una uncorrected proof de Dear Evan Hansen cortesía de Penguin! En el stand de Penguin, que estaba decorado como un instituto americano con taquillas y todo lo demás, conocimos a Sanne del canal de YouTube Books and Quills, con la que hablamos de literatura LGBT y cómo empezar en booktube (lo que me recuerda que tenéis que suscribiros al canal de Violeta).
  • Así de cargadas acabamos… tote bags cortesía de las editoriales
  • Y menos mal que salí de la YALC con varias bolsas llenas de libros, porque esta semana estoy participando en el booktubeathon. Booktubeathon fue ideado por la booktuber Ariel Bisset, y consiste en una maratón de una semana durante la cual acabarás leyendo siete libros. Cada año hay distintos retos, y podéis echarle un vistazo a los de este año en este vídeo.
  • Mi TBR de este año
  • Los siete libros que leeré en esta maratón son:
    • Goodbye stranger de Rebecca Stead. Mi lectura actual. Es más middle grade y menos young adult de lo que esperaba, por lo que no acaba de ser para mí.
      Death the barber de William Carlos Williams. William Carlos Williams es uno de mis poetas favoritos y llevo desde que terminé la carrera queriendo leer más de él.
      Love, Simon de Becky Albertalli. Vi la película y me enamoró, y por fin me he hecho con el libro.
      Dear Evan Hansen de Val Emmich. Le tenía echado el ojo y no pude comprarlo porque todavía no ha salido a la venta, así que casi di un gritito cuando gané la uncorrected proof.
      Moxie de Jennifer Matthieu. Llevaba meses viéndolo y no me acababa de atrever, pero los descuentos de la YALC me hicieron caer.
      Solitaire de Alice Oseman. Quería leer a Alice desde hace tiempo porque cualquier autor joven que pase tanto tiempo en Tumblr como yo llamará mi atención.
      This is where it ends de Marieke Nijkamp. Los tiroteos en los institutos me parecen una tragedia que dice mucho de nuestra sociedad y de los límites que permitimos que se crucen, por lo que los libros que los tratan suelen acabar en mi TBR. Si sois como yo os recomiendo muchísimo La flor de fuego de Alba Quintas (juvenil, ficción) y No easy answers de Brooks Brown (no ficción, sobre la masacre de Columbine).

    Excepto dos (Solitaire y Death the barber), todos los he conseguido en la YALC. ¡Ya os mantendré al día en mis RRSS, pero espero no morir en el intento!).

    Fatal flaws | Writing Wednesdays

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    Muchas veces me preguntan en mi CuriousCat qué son los fatal flaws, por qué son importantes y cómo utilizarlos. Creo que muchos escritores (y mi yo del pasado definitivamente se encuentra entre ellos) están un poco confundidos sobre lo que es y lo que no es un fatal flaw y qué función tiene en la trama.

    En pocas palabras, el fatal flaw es el defecto fatal que impedirá que el personaje consiga aquello que desea. El fatal flaw es siempre algo interno, inherente a la personalidad, nunca una situación externa (como, por ejemplo, una enfermedad). El fatal flaw es una fuente de conflicto, no el conflicto en sí. 

    Por ejemplo, en la saga de Harry Potter el fatal flaw de Harry es su impulsividad. Esa impulsividad no es un factor externo como podrían serlo su orfandad o los abusos de los Dursley, sino un defecto de Harry presente a lo largo de la saga, difícil de controlar y que lo mete en problemas. Esta impulsividad es la que lo empujó a inflar a su tía Marge en El prisionero de Azkaban (aquí vemos como un fatal flaw puede no solo generar conflicto y tensión sino también avanzar la trama). Más trágicamente, esta impulsividad es la que le hizo creer que Sirius estaba en peligro al final de La Orden del Fénix, por lo que Harry y el resto de miembros del Ejército de Dumbledore van al Ministerio y acaban enfrentándose a los mortífagos, que les habían tendido una trampa (aquí el fatal flaw se interpone entre Harry y lo que más aprecia: la figura paterna de su padrino).

    No solo eso, sino que el fatal flaw de Harry le genera problemas con otros personajes. Además de meterse en líos con sus profesores debido a su (maravillosa) insolencia (No es necesario llamarme “señor”, profesor), Harry a menudo se enfada con Ron y Hermione debido a su genio. En lugar de explicar con calma que él no puso su nombre en el cáliz de fuego, Harry se enfrenta con Ron y le dice cosas de las que luego se arrepiente. Algo similar ocurre en Las reliquias de la muerte, cuando Harry pierde la paciencia y los estribos cuando Ron tiene problemas al lidiar con el horrocrux.

     

    Vale, esta es una manera correcta de utilizar los fatal flaws, ¿pero cómo no utilizarlos? Para simplificar: no intentes enmascarar de fatal flaw lo que en realidad es una virtud. Me explico: un fatal flaw debe ser visto como tal por otros personajes y debe ser una fuente de problemas, obstáculos y conflicto para el protagonista. Un ejemplo muy bestia de cómo no utilizar un fatal flaw lo tenemos en Bajo la misma estrella de John Green. A lo largo de toda la novela se nos machaca con que el fatal flaw de Augustus es su presuntuosidad (pro tip: no es necesario dárselo todo masticado al lector y comunicarle cuál es el fatal flaw de tu protagonista; si no resulta evidente hay un problema). Sin embargo, este fatal flaw no causa ningún conflicto (de hecho, la carta ultra pretenciosa que le escribe a Peter Van Houten acaba teniendo efecto). De hecho, ningún personaje identifica este defecto como tal. Solo hay dos veces en las que esta presuntuosidad es reconocida por otros personajes: primero por Isaac, pero de broma y dejando claro que forma parte del encanto de Augustus, y después por Peter Van Houten, que lo critica por ello (pero no cuenta porque Van Houten es retratado como un villano que, para colmo, luego se arrepiente de lo que ha dicho. Y todo en la trama apoya la interpretación de que es algo bueno que Van Houten haya cambiado y ahora sea el fan número uno de Hazel y Augustus).

     

    En definitiva: crea un fatal flaw que sea un rasgo de la personalidad. Asegúrate de que sea, de hecho, algo negativo. Asegúrate además de que se interponga entre tu personaje y aquello que quiere conseguir en la novela. Asegúrate de que controlar o superar este fatal flaw sea extremadamente complicado. Asegúrate de que tenga sentido en la trama, que genere tensión y que avance el argumento. 

    Si no despierto, Lauren Oliver | Lunes de lecturas

    Imagina que solo te queda un día de vida.

    ¿Qué harías? ¿A quién besarías? ¿Hasta dónde llegarías para librarte de morir?

    Para Samantha Kingston, una de las chicas más populares del instituto, el viernes 12 de febrero debería ser un día más en su fácil vida. Y lo es, hasta que esa noche muere en un terrible accidente.

    Pero Samantha vuelve a despertar una y otra vez en la mañana del viernes 12 de febrero, reviviendo hasta siete veces el que debía ser el último día de su vida. Tiene una semana por delante para darse cuenta de que en su mano está realizar pequeñas modificaciones… que pueden cambiarlo todo.

    Muchos no lo saben porque hasta que publiqué era una persona bastante reservada en las redes sociales, pero cuando estaba en el instituto (allá por 2011-2012 😱) era bastante activa en la blogosfera hispana. Bueno, cuando digo activa me refiero a que era una gran lectora de blogs y solía dejar mis comentarios, porque me cansé todos los blogs que empecé excepto de este 😅.

    Un libro del que se habló mucho, y generalmente bien, por aquella época fue Si no despierto, la opera prima de Lauren Oliver. Entonces yo no tenía ereader y no conocía Bookdepository, por lo que estaba condenada a esperar a que los libros llegasen a las librerías de mi ciudad, y nunca vi este en las estanterías.

    Salto en el tiempo hasta este otoño: es una noche aburrida navegando en Netflix y estoy buscando algo que ver cuando me doy de bruces con la adaptación de Si no despierto. Y la empiezo. Y no espero demasiado. Y me enamora.

    Salto en el tiempo a este junio: me compro la versión digital en iBooks para leer en el tren. Y hoy lo termino. Y me ha enamorado también.

    Muchas veces algunos consumidores de manifestaciones culturales se quejan de la originalidad o, para ser más precisos, de la falta de ella. Yo no creo que un libro o una película tengan que ser originales en su trama para ser buenos. Lo importante no es qué cuentas sino cómo lo cuentas, y aquí es donde Si no despierto brilla.

    Si no despierto es un análisis crudo y rabiosamente honesto de la adolescencia y de la cultura de los institutos americanos. Lauren no intenta presentarnos a su protagonista, Samantha Kingston, como una chica corriente debido a su bondad o su inocencia, sino como una chica corriente debido a su humanidad, su egoísmo y sus imperfecciones.

    A lo largo de un bucle en el que Sam vivirá el mismo día siete veces seremos presentes de cómo nuestra protagonista evoluciona y crece mientras descubre que todos a su alrededor son mucho más complejos de lo que ella esperaba.

    Si no despierto nos demuestra que todos estamos conectados, que cada pequeña decisión tiene consecuencias hercúleas y que no hay una diferencia demasiado grande entre la chica popular y la chica a la que acosan a diario.

    Lauren Oliver sorprende, y para bien, debido a la facilidad con la que los lectores conectarán con Sam, el realismo y la naturalidad de los diálogos, una prosa suave y sensible, un núcleo muy poderoso y unos personajes muy bien trabajados, con su profundidad y su crecimiento.

    Este no es un libro que acelere el pulso con giros de guión o sorpresas inesperadas, sino uno que vivir con los personajes, cucharada a cucharada. Y cada vez que cogía este libro era como volver a casa.

    Sin duda uno de los mejores juveniles que he leído últimamente.

    Cosas nuevas

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    El otro día hice una serie de encuestas en Twitter sobre qué tipo de contenidos queréis ver en este blog. La respuesta fue muy positiva (¡Gracias!), y además de los consejos de escritura (que me encanta que sean vuestras entradas favoritas, porque también son las que a mí más me gusta escribir) estabais muy interesados en más contenido mío en la forma de relatos y capítulos inéditos. Tengo muchas ganas de compartir con vosotros más cosas de las que escribo, especialmente para aquellos que por motivos económicos o de disponibilidad no podéis haceros con ninguna de mis novelas publicadas. Por eso quería comentaros que tengo cuenta en Wattpad (aunque la creé en 2016 todavía soy bastante nueva en esto 😅). De momento he subido una colección de relatos que iré actualizando a lo largo de estas semanas, pero también planeo subir capítulos inéditos de novelas ya publicadas y puede que también una pequeña guía de escritura más organizada y simplificada que las entradas de este blog.

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    Otra cosa es que me retiro del Camp NaNoWriMo a mitad de mes. Las dos semanas en las que participé le dieron un buen empujón a uno de los dos proyectos en los que estoy trabajando ahora, pero me llegaron las correcciones de la novela que publico en febrero (!!!!!!) y entre eso, el TFM y el trabajo en la editorial estoy hasta arriba. ¡Pero son buenas noticias! De momento no puedo contaros nada más de la próxima novela porque todavía quedan bastantes meses, pero estoy trabajando mucho en ella para que quede redonda y la podáis disfrutar al máximo.

     

    Cómo escribir diálogos | Writing Wednesdays

    Los diálogos son una de las facetas de la escritura de las que más disfruto, quizá porque en su día me costó pillarles el tranquillo. Creo que les ocurre lo mismo a muchos escritores. Creo que, en general, resulta complicado saber discernir el tono entre lo narrado y lo hablado, especialmente cuando la que tenemos entre manos es una novela en primera persona.

    En mis reseñas (especialmente en las de juvenil) siempre machaco mucho con el hecho de que los narradores deben narrar como razonablemente puedan hablar. Me explico: con esto quiero decir que no resulta realista que un adolescente de diecisiete años en 2018 se comunique con el mismo tipo de estructuras y palabras que un narrador omnisciente del siglo XIX. Las grandes palabras y las subcláusulas infinitas nunca convencen en una novela contemporánea, por mucho que el autor intente demostrarnos que sí (te estoy mirando a ti, Eleanor Oliphant). Por tanto, ¿cómo diferenciar este tono del tono de los diálogos? Es más fácil de lo que parece.

    Mis dos reglas de oro son: escuchad más a personas reales hablando y dejad de fijaros en los actores de las películas (solo porque un diálogo acabe en la gran pantalla no quiere decir que sea un gran diálogo) y, en caso de duda, leed vuestros propios diálogos en voz alta porque las frases raras e incómodas se os harán dolorosamente claras.

    Aparte de eso, un par de pasos rápidos para aseguraros de que vuestros diálogos son lo más naturales posible…

    1. Menos es más. Este consejo puede aplicarse a muchos elementos de la escritura, pero especialmente en el caso de los diálogos. En parte porque necesitamos respirar de vez en cuando y en parte porque no somos particularmente elocuentes, las personas no solemos soltar monólogos cuando hablamos. De hecho, la mayoría de nuestras instancias se componen de una o dos frases. Mi regla cuando escribo es limitarme a esas dos frases por personaje y, en casos muy contados, permitirme tres frases. Comprendo que a veces un personaje tenga que comunicar bastante información, pero es mucho más realista que su interlocutor lo interrumpa o le haga preguntas que simplemente escribir un párrafo de texto que confundirá al lector y lo sacará de la novela.
    2. Los diálogos nunca deben estar carentes de acciones. Las personas no hablamos, simplemente. Cuando tenemos una conversación también hacemos otras cosas, ya sea continuar con la tarea que teníamos entre manos o caer en algún tic nervioso como tocarnos los botones o separarnos el pelo (de hecho, iría más lejos y os recomendaría que asociaseis algunos tics nerviosos a personajes específicos). Lo ideal es que cuando un personaje diga más de una frase a la vez intercaléis una acción por el medio. Esto os obligará a mantener los diálogos lo más cortos posibles. Pero tampoco metáis acciones constantemente para separar lo que dice un personaje de otro; aprended cuándo fluye el texto y cuándo es preciso añadir una acción para situar al lector en escena. Aquí lo de leer los diálogos en voz alta os ayudará mucho.
    3. No metáis un verbo cuando no es necesario. En otras palabras, si solo hay dos personajes hablando no es necesario repetir “dijo” cada vez que uno abra la boca. Sencillamente pasad de un diálogo a otro y solo añadid el “dijo [inserte nombre del personaje]” esporádicamente para que el lector no se pierda y tenga que ir atrás a comprobar de quién era el turno. Si unís esto al consejo de las acciones acabaréis con unos diálogos mucho más fluidos.
    4. “Dijo” no está muerto. Sé que lo repito a menudo, pero de verdad que no es necesario sacar el diccionario y buscar cada sinónimo de “dijo” posible. “Preguntó” y “exclamó” sobran cuando ya hay símbolos ortográficos que los señalan. “Gritó”, “gruñó”, “ironizó”, “mintió” y muchos otros deberían resultar obvios en el diálogo y en el contexto. Lo ideal en la literatura es que el lector no se dé cuenta de lo bien escrita que está la obra.
    5. Distintas voces para distintos personajes. Esto es crucial. No podéis tener a una adolescente de dieciséis años hablando como un ejecutivo de sesenta. Echad un vistazo a vuestro alrededor y notad la diferencia en la formalidad, el argot y la actitud de distintos grupos de edad. De hecho, no tengáis en cuenta solo la edad: el lugar de procedencia, la clase social, las culturas suburbanas, el género, la backstory… todo influye en cómo se expresará vuestro personaje.
    6. Pero no imitéis acentos, por favor. Podéis decir que vuestro personaje tiene un acento específico en lugar de intentar imitarlo gráficamente (¿Rgecorgdais a Flreugr Delacougr? Pues que vuestros personajes franceses no suenen como ella). ¿Por qué? En primer lugar, porque es bastante decente eso de dignarse a no hacer burla de la manera en la que una persona habla su segundo idioma. En segundo lugar, porque es cansino y aparta al lector de la novela.
    7. Sed sensatos. Pensad razonablemente. Nadie confiesa sus secretos más personales a la ligera, a veces ni siquiera a sus mejores amigos. Entiendo que queréis avanzar la trama, pero que vuestros personajes, que hará como mucho una semana que se conocen y hasta ahora se habrán dicho ocho frases, se confiesen todos sus secretos enseguida es forzado, un cliché y bastante irritante. Os estáis cargando un montón de conflictos posibles solo porque es más fácil que el personaje A sepa todas las vulnerabilidades del personaje B enseguida.
    8. Lo que no dicen los personajes es mucho más importante de lo que dicen. Jugad con el contexto y la descripción para escribir silencios y dejar que el lector intuya en vez de dárselo todo masticado. Podéis leer más al respecto en esta entrada.
    9. Añadid tics verbales. De la misma manera que asociar ciertos tics nerviosos con ciertos personajes va a ayudaros mucho (el lector sabrá de quién habláis antes de que digáis su nombre, por ejemplo), asociar ciertos tics verbales a ciertos personajes hará que vuestros diálogos suenen mucho más creíbles. A fin de cuentas, todos conocemos a ese amigo que no deja de repetir “en plan” cada dos palabras (o sea, yo) o a ese otro que sabe soltar tacos maravillosamente. Dejad que el carácter de vuestros personajes brille en sus diálogos.
    10. Añadid conflicto. Esta es la razón de ser de los diálogos. Debéis aprender a llevar la tensión, y muchas veces la tensión reside en la impotencia (un personaje quiere algo y su interlocutor no se lo da, la persona que habla tiene poder sobre nuestro protagonista…). Un ejemplo magnífico es la escena inicial de Malditos bastardos.
    11. No reveléis demasiado en los diálogos. La finalidad de los diálogos no es avanzar la trama en el sentido estricto. No hagáis que un personaje diga cosas del estilo de “como ya sabes…” solo para informar al lector. “Como ya sabes” molesta porque, bueno, la persona a la que se lo están diciendo lo sabe. Es doblemente irritante cuando esa cosa que ya se sabe es un secreto. Triplemente si están hablando espías, miembros de la Resistencia u otras personas caracterizadas por saber guardar las apariencias. Tampoco hagáis que vuestros personajes se expliquen hasta la exasperación, como hacen los malos de muchas pelis antes de (intentar) cargarse al bueno.
    12. Jugad con la tipografía. Las cursivas os ayudan a marcar el tono, y una negrita usada muy bien (yo diría reservarla a un solo uso por novela) puede añadir mucho poder a una frase que de otro modo habría resultado más insulsa.
    13. Interrupciones. Que los personajes se interrumpan los unos a los otros, que balbuceen, que se equivoquen al hablar, que suelten tacos, que tengan problemas al encontrar una palabra si son bilingües, que utilicen palabras incorrectamente… todo esto, en su justa medida (abusar de estos recursos resultará cansino), hará que vuestros diálogos suenen mucho más realistas y naturales.