El día que murió Imre Kertész

The boy who survived from Buchenwald by illusion-spinEl día que murió Imre Kertész no me enteré. Era marzo y yo estaba en mi último año en la universidad y por eso, naturalmente, echarle un vistazo a las noticias no era lo que se puede decir mi prioridad número uno.  Si me enteré, sin embargo, un par de días después. Pero antes de seguir dejadme que os haga un par de preguntas…

La primera: ¿Habéis tenido ya la suerte de encontrar a un artista (pintor, novelista, poeta, cantante…) que posea la singularidad de poder expresar, punto por punto, exactamente cómo sois y cómo os sentís?

La segunda (a contestar en caso de que la respuesta a la primera pregunta sea afirmativa): ¿Os habéis encontrado irremediablemente googleando a esa persona cada cierto tiempo solo para visitar de nuevo esos libros, canciones, cuadros o películas que han logrado desentrañaros?

Si es así, supongo que me entenderéis cuando os digo que pasé por una especie de luto después de que Imre Kertész muriera, y que, de hecho, ya había pasado por una especie de luto a causa suya otra vez, en 2012, cuando anunció que se retiraba de la escritura debido al Alzhéimer que padecía.

No me gusta que mis autores favoritos mueran. En primer lugar, claro, porque bajo circunstancias normales prefiero que la gente siga viva. En segundo lugar, y aquí voy a ser un poco egoísta, porque quiero que me recuerden de vez en cuando quién soy, y creo que no hay mejor manera de hacerlo que a través de las manifestaciones culturales que nos hacen SENTIR con mayúsculas.

E Imre Kertész me ha hecho SENTIR (y recordarme quién soy, y ponerme los puntos sobre las íes, y dándome un par de lecciones inestimables de escritor a escritor y de persona a persona) desde que tenía unos catorce o quince años y alquilé la adaptación cinematográfica de Sin destino, su opera prima (sí, en aquellos tiempos había videoclubs, y aquí vais a dejarme que sea un poco vieja roñosa y que diga que los echo muchísimo de menos).

Recuerdo que el día que alquilé la película estaba mi madre en casa, y recuerdo que ella se fue pronto a cama, en cuanto la desechó como una de esas películas europeas rarísimas en las que los personajes hablan mucho pero no dicen gran cosa (claro que, si eres lo suficientemente pretencioso, debes fingir que sí dicen mucho, de hecho). A mí, en cambio, me conquistó poco a poco. A arañazos. Retorciéndome las tripas. ¿Lo que más consiguió acecharme? La narración en off del protagonista, con toda probabilidad porque Imre Kertész escribió también el guión de la película, que en todo caso no está demasiado alejado de la narración original de la novela.

En general me gustan las narraciones en off, aunque técnicamente sé que no son necesarias en una película en la que las imágenes ya actúan como narradoras. Me gusta que me expliquen las cosas. Me gustan los sentimientos que no se pueden reprimir. Y me gusta la sensación de estar leyendo un libro (un buen libro) incluso cuando de hecho no lo estoy haciendo. Adoro las palabras, ciegamente, y ningunas me acechan tanto como las de Imre Kertész.

Podría deciros que Sin destino es una novela semi autobiográfica que retrata el año y medio que el autor pasó en diversos campos de concentración nazis. Y podría deciros, también, que la gran mayoría de los libros de Kertész reviven eso mismo, la experiencia de los campos. Pero no creo que eso defina a una novela. No a lo que es importante de ella, de todos modos.

Imre Kertész escribía (Dios, cómo duele este pasado) sobre la soledad que nos ataca a todos en algún punto de nuestras vidas, y que a algunos nos agarra para no dejarnos escapar: la soledad que llevamos dentro y que no se va con la compañía o con el cariño (de hecho, muchas veces, la compañía y el cariño solo hacen que parezca aún más grande y desoladora). Imre Kertész escribía sobre la propia identidad y sobre la urgencia de descubrirla, y luchar por ella, incluso cuando esa identidad supone un riesgo, o cuando otras personas (especialmente aquellas en poder) quieren encasillarte en una identidad que no es la tuya. Imre Kertész escribía sobre el pasado y sobre cómo superarlo no significa olvidarlo, sino todo lo contrario: el ser humano, sin su pasado, pierde una pieza clave de su identidad. Imre Kertész escribía, ante todo, de lo que supone estar vivos: con todas sus limitaciones, con todos sus oxímorons, con toda la rabia y con toda la felicidad que, como el mismo escribía en Sin destino, nos espera como una trampa inevitable.

 

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Aprender a descansar 

Si sois activos en studyblr, la comunidad de Tumblr en la que estudiantes comparten inspiración para, bueno, estudiar y no morir en el intento, habréis oído un millón de veces, si no la habéis oído ninguna, que hay que aprender a descansar. Bueno, yo lo he hecho, muchas veces y sin realmente quedarme con la lección ninguna de ellas. Es decir, físicamente leo ese consejo, lo proceso, estoy de acuerdo con él e incluso lo comparto porque es un mensaje tan sano y positivo, especialmente para los perfeccionistas yonquis de la competición como yo. ¿Aprender yo la lección? Ya, sí, muy buena, quizá en otro momento, cuando los astros se alineen.

El caso es que con todo el lío del master y la mudanza (¡Eh, me voy a estudiar Edición a Kingston upon Thames! 🇬🇧), estoy en un proceso de descanso autoimpuesto (o: hacer papeleo en vez de escribir) que, sinceramente, llevo muy mal. Durante la última semana he estado tan abrumada por los formularios, las transacciones bancarias y todo lo demás que no he tenido el tiempo ni la energía mental necesarios para escribir, aquí, en mis proyectos o en The Mighty. Para algunas personas una semana no será mucho, pero para mí es suficiente para sentir esa especie de vergüenza que llama a mi puerta en los periodos de inactividad. 

Pero hoy me he puesto de nuevo manos a la obra (específicamente, planeando la novela que escribiré en otoño), y eso me ha hecho pensar en muchas cosas, especialmente:

1. La posibilidad de perder todo el talento literario en solo siete días.

2. La broma interna entre mis amigos y yo acerca de lo dramáticas que son mis novelas.

Expandiendo el punto dos: a lo largo de los años he bromeado muchas veces sobre si hago una ruleta rusa con mis personajes o si tengo un bingo de problemas que darle a mis protagonistas (¿Será ese un buen método para hacer la planificación un poco más emocionante?).

Lo cierto es que, a pesar de lo mucho que bromeo sobre ello, hay dos aspectos que me intrigan muchísimo y que suelen aparecer en todo lo que escribo: las relaciones (románticas o no) entre las personas y cómo todos lidiamos con las cartas (o los problemas) que nos da la vida.

Hay un par de cosas que nunca encontraréis en mis novelas: el melodrama y la autocompasión. En primer lugar, porque ni lo uno ni lo otro me interesan, ni en la vida real ni en la ficción, y en segundo lugar porque no quiero ni imaginarme lo desesperante que tiene que ser escribir sobre un puñado de personajes que no hacen más que compadecerse de sí mismos.

No creo en tener a un protagonista con una pequeña colección de problemas que enternezcan al lector, pero sí creo que todos, en la vida real y en la ficción, tenemos al menos un problema, y que la manera en la que lidiamos con ellos dice mucho de nuestro carácter.

Me gusta que mis personajes sean vulnerables a lo largo de la novela: que revelen poco a poco sus problemas a aquellos con los que se sienten cómodos y que lo que digan signifique tanto como lo que callan. Ante todo intento que mis novelas comuniquen algo: denunciar alguna problemática social con las cosas con las que se enfrentan los personajes y dar esperanza a los lectores a través de esa lucha con la que todos nos podemos sentir identificados, en la medida en la que todos tenemos problemas, grandes o pequeños (aunque si hay algo en lo que no creo es jerarquizar los problemas y el sufrimiento de la gente).

Mis personajes tienen problemas porque son humanos, y supongo que a algunos lectores considerarán un poco kitsch el hecho de que me pare a desarrollar los problemas y el background tanto de los protagonistas como de los secundarios. Y no nos engañemos: tienen razón, exponer los problemas de los personajes es obscenamente kitsch porque, por regla general, en nuestra sociedad exponer los problemas de uno es, bueno, no de muy buen gusto. Pero no es deshonesto (a no ser, claro, que yo haya conocido a personas verdaderamente desafortunadas en la vida).

Una novela terminada y un proyecto descabellado 

GRACIAS.

Solo puedo empezar este artículo expresando mi infinito agradecimiento por la acogida y el cariño que El valle oscuro ya está teniendo. Aunque aún quedan meses para su lanzamiento (¡Apuntad el 13 de noviembre en vuestros calendarios!), la semana pasada mi editorial, Plataforma Neo, fue subiendo en sus redes sociales todos los datos que necesitabais saber sobre la novela (la no tan lejana fecha de salida, la sinopsis para los despistados que no leen este blog y la maravillosa portada diseñada por Lola Rodríguez), y desde entonces ya he recibido muchos mensajes vuestros queriendo saber más, e incluso uno de vosotros creó ya la página de la novela en Goodreads. De verdad, de verdad, muchas gracias. El valle oscuro, como ya he escrito en una entrada anterior, es mucho más que una novela para mí, en parte gracias a la inestimable ayuda de los veteranos de guerra a los que entrevisté, de modo que poder compartir con vosotros la historia de Momoko y Jun es un auténtico sueño hecho realidad. Andrea de 18 años, es oficial: El valle oscuro tiene casa y muy pronto podrás encontrarlo en las librerías. ¡Y pensar que durante mucho tiempo pensé que acabaría cogiendo polvo en el cajón (o, bueno, la carpeta en el USB) de los manuscritos inacabados!

El valle oscuro fue la última novela que terminé, en marzo. Desde entonces he estado trabajando en un nuevo proyecto: documentándome, planeando, haciendo esquemas, escribiendo los primeros capítulos del primer borrador… y aunque es un proyecto que me entusiasma mucho y en el que no puedo dejar de pensar, El valle oscuro me ha dejado tan espiritualmente cansada que creo que tengo que probar algo nuevo antes de tomarme un nuevo proyecto en serio. He intentado tomarme unas vacaciones, porque eso es lo que da fuerzas a muchos otros escritores, pero lo cierto es que después de tres (3) semanas sin escribir ficción lo único que he conseguido es estar más nerviosa y dudar más de mi talento. Así que os voy a contar mi idea descabellada… 

Cualquier persona que me lea sabe que soy una escritora mapa, y además de las obscenamente cuadriculadas que sienten como que respiran con más agitación si no hacen esquemas, escaletas, hojas de personaje y moodboards antes de poner las manos sobre el teclado. También soy una de esas rara avis que realmente disfruta de la documentación y que puede pasarse meses solo leyendo artículos de investigación en Google scholar y Jstor. Así que, durante el mes de agosto, voy a romper con eso, coger una de las ideas exprés de mi libreta azul (esas que solo son un esbozo de lo que quiero que se transforme ej una novela) y simplemente escribir sin saber muy bien adónde me acabarán llevando mis propios personajes. Es decir, voy a romper todas las normas que siempre he seguido (y quiero que sepáis que la sensación de perder el control me da pánico, pero todo sea por el arte), voy a sentarme frente al teclado y voy a sangrar, como diría Hemingway. Básicamente ni siquiera sé qué haré con el borrador cuando comience septiembre. Tampoco tengo mucho que contaros sobre el proyecto, excepto que está ambientado en Salem, Massachusetts (sí, ese Salem), y que he bautizado a las protagonistas en honor a dos personajes de Salinger: Esme y Franny.

Recapitulando: agosto será #AgostoConBrújula. ¡Crucemos los dedos para que Esme y Franny sean tan amables de contarme su historia!

Hay monstruos ahí fuera

Hay monstruos ahí fuera. Y aquí dentro.

A veces lees libros que te llegan en el momento correcto, o que tocan una parte de ti que habías escondido hace tiempo, y cuando los terminas sabes que no eres la misma persona que lo empezó. No del todo. 

Si hay algo que siempre sale a flote en mis momentos más vulnerables es la ansiedad social. Fue una especie de gigante aterrador en mi niñez (cuando, de ser una súperheroína, la facilidad para enrojecer y tartamudear hasta casi el desmayo se contarían entre mis súperpoderes), y fue apaciguándose hasta quedar relegado a un gigante dormido desde mis diecisiete a mis veinte años. A partir de entonces, sin embargo, el gigante se ha desperezado un poco y a veces le gusta asomar la cabeza para asustarme.

Pero antes mencioné un libro. Eliza and her monsters, de Francesca Zappia, puso ante mí un espejo en el cual pude ver reflejada mi ansiedad social.

No me gusta hablar de ella. La primera regla del club de la ansiedad social es que no hablas de ello porque… bueno, porque te da ansiedad. Fear of a name only increases fear of the thing itself, diría Dumbledore. De hecho, estoy muy segura de que podría contar con los dedos de una mano las veces que he hablado en voz alta de mi ansiedad social. Ni siquiera me siento cómoda comentándoselo a mi psicólogo, de modo que aquí la ansiedad social es un síntoma y no un diagnóstico.

Otro de los motivos por los que no hablo de ella es porque se me da muy bien esconderla. No tengo problemas en hablar en público (digamos, en la presentación de un libro o en una exposición de la carrera) porque sé que eso es algo que la gente suele temer pero que a mí, por un motivo, se me da bien, por lo cual no es probable que decepcione a nadie. ¿Socializar, en cambio? La mayoría de los días, si tengo que hacer una llamada telefónica (y os aseguro que buscaré cualquier otra solución que no suponga contacto humano), me paso al menos cinco minutos mirando al aparato como si fuese a marcar el número solo antes de llamar. En los peores episodios he sentido ansiedad hasta de quedar con mis mejores amigos.

A lo largo de los años mi ansiedad social me ha empujado a hacer tonterías de lo más variopinto, desde quedarme sentada en unos lavabos públicos durante mucho más tiempo del realmente necesario solo para prepararme mentalmente antes de entrar en una clase llena de decenas de personas hasta ensayar mentalmente una y otra vez un sencillo saludo antes de decirlo en voz alta.

Debido a mi trabajo (escritora de ficción y contributing author en una revista de salud mental), mucha gente espera que sea más fácil para mí lidiar con la ansiedad social. No voy a negar que es más fácil, pero tampoco es necesariamente fácil per se. He tenido taquicardias, por ejemplo, solo al contestar un mensaje, y he empezado a respirar rápido al sentir mi móvil vibrar con la respuesta.

Al final, como todo, la clave está en las expectativas. Lo que la gente espera de mí y lo que yo hago. Si los decepciono o sí no. Si es una pesadilla trabajar conmigo o no. Si se nota lo socialmente inepta que soy o no. 

Con el tiempo aprendes a bailar con estas preguntas, y a sacar los puños si hace falta. La vida es demasiado corta para pasársela temblando en una esquina. Y mucho más interesante y arrolladora cuando desafías a tus monstruos, esos a los que tanto les gusta jugar sucio. El secreto está en los tiempos muertos, en guardar un par de días para pasar con una taza de té, un gato, un libro y el móvil en modo avión. O, al menos, eso es lo que hago yo.

Andrea de 17 años, vales mucho más de lo que crees

2012-08-28 14-46-20Muchas veces pienso en mi yo de 17 años. Los 17 fueron la edad intermedia entre el comienzo de mi desorden alimenticio y los 500 gramos que me separaron de la hospitalización a los 18.  A los 17 empecé a tomarme mi carrera como escritora realmente en serio (que empezase a escribir Corazón de mariposa entonces no es una casualidad), tuve mi primera experiencia con la depresión y la despersonalización y fui, por primera vez en mi vida, completamente responsable de todas las comidas que ingería (durante las tres semanas que pasé en un programa de estudios en Toronto). A los 17, además, intenté recuperarme por mi cuenta por primera vez y fracasé.

Pienso tanto en mi yo de 17 años porque puedo sentirme identificada con lo vulnerable y lo sensible que era, y porque aquel punto es la tierra intermedia entre la Andrea pre-anorexia nerviosa y la Andrea que no había dejado mucho espacio en su vida para nada más que su desorden.

Pienso en mi yo de 17 años y valoro su opinión. Me gustaría saber qué piensa de mi vida ahora; probablemente se sentiría muy inspirada por esas tres novelas en la estantería y la cuarta que viene en camino, con toda seguridad habría arqueado una ceja ante mi elección de carrera universitaria (Lengua y Literatura Inglesas, no Periodismo como ella planeaba) y, sin duda, me habría preguntado cómo he llegado al lugar en el que me encuentro, mental y físicamente.

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La Andrea de 17 años pasaba mucho tiempo rodeada de comida y muy poco comiéndola. Si la tuviese ahora delante, aunque sé que posiblemente no me escucharía, le diría que está bien, que parece que todo el peso del mundo caiga sobre tu pecho cuando ingieres un número de calorías superior al que deseas, o cuando te miras al espejo y pese a todos los esfuerzos sigues sin quererte aunque sea un poquito; le diría que, por imposible que parezca ahora, llegará un día en el que disfrutará probando nuevas recetas (muchas de ellas de fuentes distintas al único libro de recetas de dieta y la única web de comida low-cal que la hacen sentir segura), y llegará un día en el que llevará short shorts y un crop top y se buscará su reflejo en los escaparates porque se siente orgullosa de su cuerpo y no para comprobar si sus piernas realmente se ven tan gigantescas como ella cree. No, no hay fórmula mágica. No hay una serie de pasos que pueda darle a la Andrea de 17 años (o a cualquier otra persona en su situación) para vencer a la anorexia. Como con todo, la clave está en el tiempo, la paciencia, la perseverancia, la fuerza (y esta se ha convertido en una de mis palabras favoritas). Deja de encerrarte en ti misma; la batalla es dura y necesitarás una buena red de apoyo.

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Andrea, todo el daño que te causaron no te dejará cicatriz, sino un moratón que desaparecerá. Y todo el daño que tú te causaste a ti misma se convertirá en tu fortaleza; te perdonarás a ti misma, y a partir de entonces tu relación contigo será mucho más fácil, mucho más liberadora, mucho más empoderadora y mucho más compasiva.

Pero no nos engañemos, la Andrea de 17 años y la de 22 todavía tienen bastantes puntos en común, y no me refiero solo a su amor por Gossip girl, el patinaje sobre hielo, los cafés-demasiado-caros-para-su-calidad del Starbucks y los libros de Haruki Murakami. Cada vez que me enfrento a un problema en mi vida puedo mirar atrás y considerar a la chica que era entonces, y nueve de cada diez veces me doy cuenta de que ya he pasado por (y superado) algo parecido. ¿Crisis de fe? Been there, done that, baby. ¿Mal día de imagen corporal? La Andrea de 17 años amablemente te recuerda que no has vivido nada más solitario y devastador que pasarte horas en el Chinatown de Toronto hasta encontrar la botella adecuada de té verde o confesarle a gritos a tu mejor amigo que has empezado a pensar que perder peso es lo único que se te da bien. ¿Recaídas en antiguos hábitos? Has vencido todo eso varias veces y, si es necesario, lo vencerás otra vez. ¿Sientes que no eres suficiente? La Andrea de entonces te daría su enhorabuena (y sabes que no es fácil impresionarla) por todo lo que has conseguido.

Os recomiendo que penséis en vuestros yos del pasado, que los consideréis y que los tengáis en cuenta. De ese modo no correréis el riesgo de olvidaros de lo fuertes que sois, de todo lo que habéis superado y lo que superaréis, de cómo incluso las peores cosas que os han ocurrido no han conseguido romperos.

Lecciones que aprendí escribiendo 

Como escritora no tengo muchas obligaciones. Ser honesta conmigo misma, quizá. No disfrazar mi historia de algo que no es. No prometerles algo a los lectores para darles otra cosa. Terminar el trabajo. Y no hacer que nadie pierda el tiempo conmigo.

El tiempo es algo valioso. Quieres saber que a tus lectores les interesa al menos un poco lo que les pase a tus personajes. ¿Cómo lograrlo? En teoría, es fácil. Basta con crear un personaje y un miedo un poquito más grande y fuerte que él. Ahora que ya los tienes a los dos, al personaje y a su miedo, tienes que conjurar a los fantasmas y hacer que el miedo sea real. Que los personajes se rompan. Que crezcan. Que insistan. Que derroten al monstruo.

Una parte inestimable de mi trabajo consiste en dar forma a un personaje ficticio para luego, de la manera más cruel, dejar que su miedo más profundo se haga realidad. Y estoy con ellos cuando eso pasa. Y cuando pierden la fe. Y cuando la recuperan. Y cuando luchan. Y cuando pierden. Y cuando vuelven a luchar. Y cuando, al fin, ganan.

Si he aprendido algo de la escritura que pueda aplicar a la vida real es que este viaje interno es absolutamente cierto. Vas a tener miedos en tu vida. Y algunos (no muchos, puesto que gran parte de nuestros miedos nacen de nuestra paranoia) van a hacerse realidad. Y nuestro mundo va a ponerse patas arriba, y vamos a rompernos y a gritar y a pensar que no hay salida. Y después la hay. De una u otra manera, la hay. Podemos derrotar al monstruo, pero antes es posible que este tenga que herirnos varias veces.

Si pude escribirlo, si pude imaginarlo, a todos esos personajes enfrentándose a sus miedos más feroces y venciendo, yo también puedo. Solo es preciso encontrar algo de fe (del tamaño de una mota de polvo serviría) y asegurarnos de depositar al menos una parte en nosotros mismos. Naturalmente, quizá no venzamos de la manera que nosotros esperamos, pero venceremos.

En defensa del flequillo 

Estoy bastante segura de que podría fundar un club de fashionistas súper vagas y conseguir un número de afiliados nada desdeñable. Yo, si es que alguien se me ha adelantado, sería la primera en unirme.

Me gusta demasiado la moda como para bajar a la calle con lo primero que encuentre en el armario (aunque me estoy volviendo una pro en eso de organizar mi ropa de manera que pueda coger dos prendas al azar y que quede bien), y soy demasiado vaga como para invertir más de quince minutos en mi aspecto. Por favor.

El pasado marzo me corté el flequillo precisamente para no tener que gastar más de dos minutos con mi pelo. Y fue una de las mejores decisiones de mi vida (bueno, de mi vida entera no, evidentemente, pero sí del trimestre). No sé por qué más gente no lo hace. O por qué se le tiene tanto miedo al flequillo.

El flequillo es básicamente un accesorio. Puedes dejártelo secar al viento (que en mi caso acaba convirtiéndose en un maravilloso caos ondulado a lo Mica Arganaraz) o puedes alisártelo o puedes partirlo a la mitad y que parezca que acabas de venir de Coachella. Pero, sin duda, lo más maravilloso del flequillo es que hagas lo que hagas no precisas más de cinco minutos para estar lista (y si realmente quieres invertir más tiempo en busca de la perfección, permíteme que te advierta que el viento es el mejor estilista y que piensa obrar milagros con tu flequillo, te guste o no).

Pero, como sigue teniéndosele un miedo terrible al flequillo (igual que a los cortes pixie, que también me parecen una de las mejores cosas que puedes hacer con tu pelo), dejadme que desmonte un par de falsos mitos:

1. El flequillo no te hace la cara gorda. En todo caso, no sé por qué se le teme tanto a eso, porque a mí me parece que las caras redonditas son perfectas y achuchables. Yo tengo la cara alargada pero también lo que los gallegos llamamos bochechas, que vienen siendo las mejillas gorditas como las de los niños pequeños. Y mi cara no ha cambiado visiblemente al llevar pixie, corte a lo Beatle, el bisexual cut (lo que viene siendo el Bob de toda la vida), el pelo largo y el temido flequillo.

2. Si no te lo toqueteas, no se engrasa más de lo normal. Vale, mi pelo es seco y quebradizo, así que no suelo tener ese tipo de problemas, pero la zona de mi flequillo no se ve menos seca que el resto (de nuevo, si no te lo toqueteas).

3. No es necesario dedicarle demasiado tiempo. Ya os he dicho que por eso lo adoro tanto. Dos minutos con las planchas o un poco de spray de agua de mar si lo prefiero ondulado y voilà. Precisamente la magia del flequillo reside en parecer que has invertido mucho tiempo en tu pelo cuando no podría importarte menos.

4. El flequillo no causa acné en la frente. Mi piel es mixta y sigo teniendo problemas de acné donde siempre, en las mejillas, pero jamás en la frente.

5. El flequillo no pasa de moda. Lo llevaron Jane Birkin, Françoise Hardy, Brigitte Bardot y la mismísima Audrey Hepburn, ¿quién querría deshacerse de él?

Oh, ¿y mi segunda cosa favorita sobre el flequillo? Últimamente dedico mucho menos tiempo a mis cejas. Su forma y grosor naturales bajo el mínimo de máscara para cejas son mi nuevo fashion statement. Eso y encontrar nuevas musas de flequillo. ¿La última? La parisina Leia Sfez

Week in review (sort of) 

Esta sección antes se llamaba Cartas al verano. Me parecía una buena idea, hasta que me di cuenta de que en realidad eso de escribir cartas no acaba de gustarme tanto. Tampoco es exactamente lo mío. Oh, bueno.

Me di cuenta, también, de que a veces recibes el tipo de noticias que te dejan tan espiritualmente hambrienta y cansada que lo último que quieres es reflexionar sobre ellas. Así que les haces el vacío, las ahuyentas con la indiferencia.

Hoy voy a hablar de cosas felices. Esta semana me he enamorado de tres cosas: un libro, un disco y un proyecto (más o menos… cuando el miedo escénico de ponerme manos al teclado no me lo impide).

El libro: The hate U give de Angie Thomas. Oh, Dios, no tengo palabras. Lo pongo a la altura de Zadie Smith, Alice Walker y el propio Tupac Shakur (al que puede o no puede que haya escuchado muchísimo durante las últimas semanas). Este, sencillamente, es el tipo de libro que enseñaría cada vez que me dicen que la literatura juvenil es banal. Y el tipo de libro que enseñaría cada vez que me preguntan cómo escribir una buena historia. Es una de esas lecturas.

El disco: Blonde de Frank Ocean. Menudo descubrimiento. Es como si Kanye West y los Beatles de la era Revolver quedasen para cenar, y al mismo tiempo es como leer un poema de madrugada. Seigfried me ha roto el corazón varías veces y siempre me lo ha vuelto a recomponer; puede, de hecho, que se haya convertido en mi nueva canción favorita.

Después de escuchar Blonde, leed la carta que Frank subió a su Tumblr y en la que sale del armario como bisexual. Cuando terminé solo quería llamarlo y hablar con él, que es mi reacción al descubrir a alguien a quien admiro desde que leí El guardián entre el centeno.

El proyecto: no hablaré mucho sobre él porque prefiero plasmar mis sentimientos al respecto sobre el papel (preferentemente en un manuscrito que no dé tanto asco como para requerir una reescritura). Solo apuntaré lo siguiente: hay que dejar que los personajes sean vulnerables. Que sangren. Ya les lamerás las heridas después.

El miedo que asfixia y envenena

No voy a hablar del bloqueo del escritor. En primer lugar, porque no quiero que piense que lo estoy llamando (no soy supersticiosa, pero ya sabéis que habelas hainas), y en segundo lugar porque una cosa es el bloqueo y otra el miedo. El bloqueo es seco, árido. El miedo te engulle y te ahoga como una ola.

Pero, lo más importante, es que con el miedo se puede trabajar (para algunos, de hecho, semejante zona de guerra se ha convertido en nuestro pan de cada día); el bloqueo, sin embargo, te empuja a aporrear el teclado sin conseguir que salga de él nada más interesante que un plato de coliflor.

Desde que me dedico a la escritura de forma profesional (es decir, desde que la gente paga por leerme y no quiero que tiren su dinero ni que se sientan engañados), trabajar con el miedo a no ser lo suficientemente buena se ha convertido en algo tan mío como el sonido de mi risa o el juego de unir los puntos en el que pueden convertirse mis lunares.

Cuando empecé en esto de ser autora publicada, toda mi autoestima profesional estaba basada en las reseñas, las puntuaciones de Goodreads y los tweets sobre mi novela. Lo primero que hacía al levantarme era comprobar mis redes sociales precisamente para eso, para dejar que otras personas decidiesen ese día si yo iba a ser buena en mi trabajo o no. Y, naturalmente, depositar mi autoestima en mis lectores, por mucho que los aprecie, es un arma de doble filo. 

Recibir una mala crítica no solo te deja lecciones valiosísimas para crecer (y soy la primera en agradecerlas), también da fuerza a esa vocecilla en tu cabeza que no desaprovecha ninguna oportunidad para recordarte qué mal se te da lo que supuestamente se te da mejor que ninguna otra cosa en este mundo. Recibir una buena crítica te da un chupinazo de motivación, pero también anima a esa otra vocecilla que se pregunta si no habrás agotado todo tu talento en esa novela.

Hablar de las críticas en este mundillo es tabú, especialmente si es para confesar cuánto te afectan. Se supone que debemos decir que todas las críticas son bienvenidas porque todas nos enseñan algo, y es cierto, pero también es muy cierto que somos humanos y, como tal, compartir cualquier cosa impregnada de nuestro mundo personal nos coloca en una posición muy vulnerable. Y todos, de algún modo u otro, dejamos pedacitos de nosotros en las novelas que escribimos.

A la gente le suele sorprender cuando confieso que las críticas me afectan, así que voy a desnudarme aquí mismo delante de todos: sí, lo hacen, y mucho, aunque ahora menos que antes.

Con el tiempo he aprendido a no depositar mi valor en aquello que no puedo controlar. Independientemente de lo que haga, habrá críticas buenas y malas (y, si no me creéis, leed críticas malas de vuestro libro favorito y críticas buenas del libro más pésimo que recordéis leer). Además, está esta verdad incuestionable: desde el principio, siempre, fuimos las dos, la escritura y yo. Empecé a escribir porque no encontraba exactamente los libros que quería leer, y seguí escribiendo porque nada más me hacía sentir tan viva. ¿Por qué, entonces, empeñarme en escribir los libros que querían leer los demás? ¿Por que matar mi creatividad a cambio de la aprobación de los demás?

Con los años he aprendido que hay cosas puramente mías (mi estilo, aunque pueda perfeccionarse, y las temáticas que me apasionan, aunque esta categoría nunca deje de crecer), y otras que son universales a todos los escritores (la técnica, la ejecución). Aquí radica también la diferencia entre mi valor (que elijo depositar en mi trabajo y en mí misma) y todas las lecciones que debo aprender sobre mi trabajo.

Estos días, el miedo a fallar sigue ahí, pero de otra manera. Con cada palabra tengo miedo a dejar de sentirme orgullosa de lo que hago, o a caer en un bloqueo sin fin. El perfeccionismo, como dicen, mata la creatividad. Paradójicamente, también la alimenta, aplicado de la manera correcta.

Ser perfeccionista significa nunca estar conforme contigo mismo, y eso sólo puede hacerte daño si le dejas. Es difícil, no voy a engañaros, pero es posible (y, de hecho, recomendable) utilizar el perfeccionismo a vuestro favor. El camino va hacia delante, siempre, si vuestro foco reside en mejorar. Mejorar por vosotros. Mejorar por vuestras historias. Mejorar, a fin de cuentas, porque este es el trabajo que habéis escogido y que volverías a escoger, una y otra vez, todos los días de vuestra vida.

Como he dicho, con el miedo se puede trabajar. Alimentaos de él. Haceros amigos. No le temáis al lobo feroz; vosotros, al fin y al cabo, podéis domesticarlo.

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