Andrea de 17 años, vales mucho más de lo que crees

2012-08-28 14-46-20Muchas veces pienso en mi yo de 17 años. Los 17 fueron la edad intermedia entre el comienzo de mi desorden alimenticio y los 500 gramos que me separaron de la hospitalización a los 18.  A los 17 empecé a tomarme mi carrera como escritora realmente en serio (que empezase a escribir Corazón de mariposa entonces no es una casualidad), tuve mi primera experiencia con la depresión y la despersonalización y fui, por primera vez en mi vida, completamente responsable de todas las comidas que ingería (durante las tres semanas que pasé en un programa de estudios en Toronto). A los 17, además, intenté recuperarme por mi cuenta por primera vez y fracasé.

Pienso tanto en mi yo de 17 años porque puedo sentirme identificada con lo vulnerable y lo sensible que era, y porque aquel punto es la tierra intermedia entre la Andrea pre-anorexia nerviosa y la Andrea que no había dejado mucho espacio en su vida para nada más que su desorden.

Pienso en mi yo de 17 años y valoro su opinión. Me gustaría saber qué piensa de mi vida ahora; probablemente se sentiría muy inspirada por esas tres novelas en la estantería y la cuarta que viene en camino, con toda seguridad habría arqueado una ceja ante mi elección de carrera universitaria (Lengua y Literatura Inglesas, no Periodismo como ella planeaba) y, sin duda, me habría preguntado cómo he llegado al lugar en el que me encuentro, mental y físicamente.

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La Andrea de 17 años pasaba mucho tiempo rodeada de comida y muy poco comiéndola. Si la tuviese ahora delante, aunque sé que posiblemente no me escucharía, le diría que está bien, que parece que todo el peso del mundo caiga sobre tu pecho cuando ingieres un número de calorías superior al que deseas, o cuando te miras al espejo y pese a todos los esfuerzos sigues sin quererte aunque sea un poquito; le diría que, por imposible que parezca ahora, llegará un día en el que disfrutará probando nuevas recetas (muchas de ellas de fuentes distintas al único libro de recetas de dieta y la única web de comida low-cal que la hacen sentir segura), y llegará un día en el que llevará short shorts y un crop top y se buscará su reflejo en los escaparates porque se siente orgullosa de su cuerpo y no para comprobar si sus piernas realmente se ven tan gigantescas como ella cree. No, no hay fórmula mágica. No hay una serie de pasos que pueda darle a la Andrea de 17 años (o a cualquier otra persona en su situación) para vencer a la anorexia. Como con todo, la clave está en el tiempo, la paciencia, la perseverancia, la fuerza (y esta se ha convertido en una de mis palabras favoritas). Deja de encerrarte en ti misma; la batalla es dura y necesitarás una buena red de apoyo.

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Andrea, todo el daño que te causaron no te dejará cicatriz, sino un moratón que desaparecerá. Y todo el daño que tú te causaste a ti misma se convertirá en tu fortaleza; te perdonarás a ti misma, y a partir de entonces tu relación contigo será mucho más fácil, mucho más liberadora, mucho más empoderadora y mucho más compasiva.

Pero no nos engañemos, la Andrea de 17 años y la de 22 todavía tienen bastantes puntos en común, y no me refiero solo a su amor por Gossip girl, el patinaje sobre hielo, los cafés-demasiado-caros-para-su-calidad del Starbucks y los libros de Haruki Murakami. Cada vez que me enfrento a un problema en mi vida puedo mirar atrás y considerar a la chica que era entonces, y nueve de cada diez veces me doy cuenta de que ya he pasado por (y superado) algo parecido. ¿Crisis de fe? Been there, done that, baby. ¿Mal día de imagen corporal? La Andrea de 17 años amablemente te recuerda que no has vivido nada más solitario y devastador que pasarte horas en el Chinatown de Toronto hasta encontrar la botella adecuada de té verde o confesarle a gritos a tu mejor amigo que has empezado a pensar que perder peso es lo único que se te da bien. ¿Recaídas en antiguos hábitos? Has vencido todo eso varias veces y, si es necesario, lo vencerás otra vez. ¿Sientes que no eres suficiente? La Andrea de entonces te daría su enhorabuena (y sabes que no es fácil impresionarla) por todo lo que has conseguido.

Os recomiendo que penséis en vuestros yos del pasado, que los consideréis y que los tengáis en cuenta. De ese modo no correréis el riesgo de olvidaros de lo fuertes que sois, de todo lo que habéis superado y lo que superaréis, de cómo incluso las peores cosas que os han ocurrido no han conseguido romperos.

Lecciones que aprendí escribiendo 

Como escritora no tengo muchas obligaciones. Ser honesta conmigo misma, quizá. No disfrazar mi historia de algo que no es. No prometerles algo a los lectores para darles otra cosa. Terminar el trabajo. Y no hacer que nadie pierda el tiempo conmigo.

El tiempo es algo valioso. Quieres saber que a tus lectores les interesa al menos un poco lo que les pase a tus personajes. ¿Cómo lograrlo? En teoría, es fácil. Basta con crear un personaje y un miedo un poquito más grande y fuerte que él. Ahora que ya los tienes a los dos, al personaje y a su miedo, tienes que conjurar a los fantasmas y hacer que el miedo sea real. Que los personajes se rompan. Que crezcan. Que insistan. Que derroten al monstruo.

Una parte inestimable de mi trabajo consiste en dar forma a un personaje ficticio para luego, de la manera más cruel, dejar que su miedo más profundo se haga realidad. Y estoy con ellos cuando eso pasa. Y cuando pierden la fe. Y cuando la recuperan. Y cuando luchan. Y cuando pierden. Y cuando vuelven a luchar. Y cuando, al fin, ganan.

Si he aprendido algo de la escritura que pueda aplicar a la vida real es que este viaje interno es absolutamente cierto. Vas a tener miedos en tu vida. Y algunos (no muchos, puesto que gran parte de nuestros miedos nacen de nuestra paranoia) van a hacerse realidad. Y nuestro mundo va a ponerse patas arriba, y vamos a rompernos y a gritar y a pensar que no hay salida. Y después la hay. De una u otra manera, la hay. Podemos derrotar al monstruo, pero antes es posible que este tenga que herirnos varias veces.

Si pude escribirlo, si pude imaginarlo, a todos esos personajes enfrentándose a sus miedos más feroces y venciendo, yo también puedo. Solo es preciso encontrar algo de fe (del tamaño de una mota de polvo serviría) y asegurarnos de depositar al menos una parte en nosotros mismos. Naturalmente, quizá no venzamos de la manera que nosotros esperamos, pero venceremos.

En defensa del flequillo 

Estoy bastante segura de que podría fundar un club de fashionistas súper vagas y conseguir un número de afiliados nada desdeñable. Yo, si es que alguien se me ha adelantado, sería la primera en unirme.

Me gusta demasiado la moda como para bajar a la calle con lo primero que encuentre en el armario (aunque me estoy volviendo una pro en eso de organizar mi ropa de manera que pueda coger dos prendas al azar y que quede bien), y soy demasiado vaga como para invertir más de quince minutos en mi aspecto. Por favor.

El pasado marzo me corté el flequillo precisamente para no tener que gastar más de dos minutos con mi pelo. Y fue una de las mejores decisiones de mi vida (bueno, de mi vida entera no, evidentemente, pero sí del trimestre). No sé por qué más gente no lo hace. O por qué se le tiene tanto miedo al flequillo.

El flequillo es básicamente un accesorio. Puedes dejártelo secar al viento (que en mi caso acaba convirtiéndose en un maravilloso caos ondulado a lo Mica Arganaraz) o puedes alisártelo o puedes partirlo a la mitad y que parezca que acabas de venir de Coachella. Pero, sin duda, lo más maravilloso del flequillo es que hagas lo que hagas no precisas más de cinco minutos para estar lista (y si realmente quieres invertir más tiempo en busca de la perfección, permíteme que te advierta que el viento es el mejor estilista y que piensa obrar milagros con tu flequillo, te guste o no).

Pero, como sigue teniéndosele un miedo terrible al flequillo (igual que a los cortes pixie, que también me parecen una de las mejores cosas que puedes hacer con tu pelo), dejadme que desmonte un par de falsos mitos:

1. El flequillo no te hace la cara gorda. En todo caso, no sé por qué se le teme tanto a eso, porque a mí me parece que las caras redonditas son perfectas y achuchables. Yo tengo la cara alargada pero también lo que los gallegos llamamos bochechas, que vienen siendo las mejillas gorditas como las de los niños pequeños. Y mi cara no ha cambiado visiblemente al llevar pixie, corte a lo Beatle, el bisexual cut (lo que viene siendo el Bob de toda la vida), el pelo largo y el temido flequillo.

2. Si no te lo toqueteas, no se engrasa más de lo normal. Vale, mi pelo es seco y quebradizo, así que no suelo tener ese tipo de problemas, pero la zona de mi flequillo no se ve menos seca que el resto (de nuevo, si no te lo toqueteas).

3. No es necesario dedicarle demasiado tiempo. Ya os he dicho que por eso lo adoro tanto. Dos minutos con las planchas o un poco de spray de agua de mar si lo prefiero ondulado y voilà. Precisamente la magia del flequillo reside en parecer que has invertido mucho tiempo en tu pelo cuando no podría importarte menos.

4. El flequillo no causa acné en la frente. Mi piel es mixta y sigo teniendo problemas de acné donde siempre, en las mejillas, pero jamás en la frente.

5. El flequillo no pasa de moda. Lo llevaron Jane Birkin, Françoise Hardy, Brigitte Bardot y la mismísima Audrey Hepburn, ¿quién querría deshacerse de él?

Oh, ¿y mi segunda cosa favorita sobre el flequillo? Últimamente dedico mucho menos tiempo a mis cejas. Su forma y grosor naturales bajo el mínimo de máscara para cejas son mi nuevo fashion statement. Eso y encontrar nuevas musas de flequillo. ¿La última? La parisina Leia Sfez

Week in review (sort of) 

Esta sección antes se llamaba Cartas al verano. Me parecía una buena idea, hasta que me di cuenta de que en realidad eso de escribir cartas no acaba de gustarme tanto. Tampoco es exactamente lo mío. Oh, bueno.

Me di cuenta, también, de que a veces recibes el tipo de noticias que te dejan tan espiritualmente hambrienta y cansada que lo último que quieres es reflexionar sobre ellas. Así que les haces el vacío, las ahuyentas con la indiferencia.

Hoy voy a hablar de cosas felices. Esta semana me he enamorado de tres cosas: un libro, un disco y un proyecto (más o menos… cuando el miedo escénico de ponerme manos al teclado no me lo impide).

El libro: The hate U give de Angie Thomas. Oh, Dios, no tengo palabras. Lo pongo a la altura de Zadie Smith, Alice Walker y el propio Tupac Shakur (al que puede o no puede que haya escuchado muchísimo durante las últimas semanas). Este, sencillamente, es el tipo de libro que enseñaría cada vez que me dicen que la literatura juvenil es banal. Y el tipo de libro que enseñaría cada vez que me preguntan cómo escribir una buena historia. Es una de esas lecturas.

El disco: Blonde de Frank Ocean. Menudo descubrimiento. Es como si Kanye West y los Beatles de la era Revolver quedasen para cenar, y al mismo tiempo es como leer un poema de madrugada. Seigfried me ha roto el corazón varías veces y siempre me lo ha vuelto a recomponer; puede, de hecho, que se haya convertido en mi nueva canción favorita.

Después de escuchar Blonde, leed la carta que Frank subió a su Tumblr y en la que sale del armario como bisexual. Cuando terminé solo quería llamarlo y hablar con él, que es mi reacción al descubrir a alguien a quien admiro desde que leí El guardián entre el centeno.

El proyecto: no hablaré mucho sobre él porque prefiero plasmar mis sentimientos al respecto sobre el papel (preferentemente en un manuscrito que no dé tanto asco como para requerir una reescritura). Solo apuntaré lo siguiente: hay que dejar que los personajes sean vulnerables. Que sangren. Ya les lamerás las heridas después.

El miedo que asfixia y envenena

No voy a hablar del bloqueo del escritor. En primer lugar, porque no quiero que piense que lo estoy llamando (no soy supersticiosa, pero ya sabéis que habelas hainas), y en segundo lugar porque una cosa es el bloqueo y otra el miedo. El bloqueo es seco, árido. El miedo te engulle y te ahoga como una ola.

Pero, lo más importante, es que con el miedo se puede trabajar (para algunos, de hecho, semejante zona de guerra se ha convertido en nuestro pan de cada día); el bloqueo, sin embargo, te empuja a aporrear el teclado sin conseguir que salga de él nada más interesante que un plato de coliflor.

Desde que me dedico a la escritura de forma profesional (es decir, desde que la gente paga por leerme y no quiero que tiren su dinero ni que se sientan engañados), trabajar con el miedo a no ser lo suficientemente buena se ha convertido en algo tan mío como el sonido de mi risa o el juego de unir los puntos en el que pueden convertirse mis lunares.

Cuando empecé en esto de ser autora publicada, toda mi autoestima profesional estaba basada en las reseñas, las puntuaciones de Goodreads y los tweets sobre mi novela. Lo primero que hacía al levantarme era comprobar mis redes sociales precisamente para eso, para dejar que otras personas decidiesen ese día si yo iba a ser buena en mi trabajo o no. Y, naturalmente, depositar mi autoestima en mis lectores, por mucho que los aprecie, es un arma de doble filo. 

Recibir una mala crítica no solo te deja lecciones valiosísimas para crecer (y soy la primera en agradecerlas), también da fuerza a esa vocecilla en tu cabeza que no desaprovecha ninguna oportunidad para recordarte qué mal se te da lo que supuestamente se te da mejor que ninguna otra cosa en este mundo. Recibir una buena crítica te da un chupinazo de motivación, pero también anima a esa otra vocecilla que se pregunta si no habrás agotado todo tu talento en esa novela.

Hablar de las críticas en este mundillo es tabú, especialmente si es para confesar cuánto te afectan. Se supone que debemos decir que todas las críticas son bienvenidas porque todas nos enseñan algo, y es cierto, pero también es muy cierto que somos humanos y, como tal, compartir cualquier cosa impregnada de nuestro mundo personal nos coloca en una posición muy vulnerable. Y todos, de algún modo u otro, dejamos pedacitos de nosotros en las novelas que escribimos.

A la gente le suele sorprender cuando confieso que las críticas me afectan, así que voy a desnudarme aquí mismo delante de todos: sí, lo hacen, y mucho, aunque ahora menos que antes.

Con el tiempo he aprendido a no depositar mi valor en aquello que no puedo controlar. Independientemente de lo que haga, habrá críticas buenas y malas (y, si no me creéis, leed críticas malas de vuestro libro favorito y críticas buenas del libro más pésimo que recordéis leer). Además, está esta verdad incuestionable: desde el principio, siempre, fuimos las dos, la escritura y yo. Empecé a escribir porque no encontraba exactamente los libros que quería leer, y seguí escribiendo porque nada más me hacía sentir tan viva. ¿Por qué, entonces, empeñarme en escribir los libros que querían leer los demás? ¿Por que matar mi creatividad a cambio de la aprobación de los demás?

Con los años he aprendido que hay cosas puramente mías (mi estilo, aunque pueda perfeccionarse, y las temáticas que me apasionan, aunque esta categoría nunca deje de crecer), y otras que son universales a todos los escritores (la técnica, la ejecución). Aquí radica también la diferencia entre mi valor (que elijo depositar en mi trabajo y en mí misma) y todas las lecciones que debo aprender sobre mi trabajo.

Estos días, el miedo a fallar sigue ahí, pero de otra manera. Con cada palabra tengo miedo a dejar de sentirme orgullosa de lo que hago, o a caer en un bloqueo sin fin. El perfeccionismo, como dicen, mata la creatividad. Paradójicamente, también la alimenta, aplicado de la manera correcta.

Ser perfeccionista significa nunca estar conforme contigo mismo, y eso sólo puede hacerte daño si le dejas. Es difícil, no voy a engañaros, pero es posible (y, de hecho, recomendable) utilizar el perfeccionismo a vuestro favor. El camino va hacia delante, siempre, si vuestro foco reside en mejorar. Mejorar por vosotros. Mejorar por vuestras historias. Mejorar, a fin de cuentas, porque este es el trabajo que habéis escogido y que volverías a escoger, una y otra vez, todos los días de vuestra vida.

Como he dicho, con el miedo se puede trabajar. Alimentaos de él. Haceros amigos. No le temáis al lobo feroz; vosotros, al fin y al cabo, podéis domesticarlo.

Cartas al verano (I)

IMG_3290[1]Querido verano,

Has llegado en un momento en el que no me siento suficiente, en el que me parece que mis metas están muy lejos de mí y yo corro sin llegar a alcanzarlas. Has llegado, también, en un momento mágico e íntimo de conocerme a mí misma, de trabajar en mí misma, de ser más YO con mayúscula.

Durante esta semana he aprendido que la Andrea más feliz es la Andrea que está ocupada trabajando en miles proyectos distintos, pero el perfeccionismo sigue ahí, escondido, y amenaza con convertir esa felicidad en ansiedad, en miedo a no dar la talla, en vergüenza por ser demasiado pequeña. Durante esta semana he escrito mucho (le debo todo al club de los poetas muertos que mi querido Dani me propuso formar), he trabajado en mis artículos para The Mighty, me he quedado despierta hasta muy tarde hablando con Hennie, he aumentado mi lista de libros para leer, he terminado mi trabajo de fin de grado y he luchado, muy duro, por ser la versión más sana de mí misma. Pero esta semana también ha estado marcada por un par de malas noticias y varios problemas de salud.

Una de esas malas noticias ha hecho que me sienta más agradecida por lo que tengo, más consciente de todas las oportunidades que se me han brindado y de la importancia de contar con un buen sistema de apoyo. Mi amigo Travis, que tiene fibrosis quística, está pasando por un mal momento; su capacidad pulmonar está más baja de lo que acostumbra, y vuelve a tener problemas para caminar. Su optimismo, su fuerza y su espiritualidad hacen que me sienta muy, muy, muy agradecida por esta vida, que es un auténtico regalo (hasta decirlo, para una persona que ha pasado por dos ciclos depresivos, es catártico y curativo).

Verano, espero que seas amable conmigo y con los que quiero (y con los que no también, que eso es más difícil de desear). Espero que traigas felicidad. Espero que traigas recuperación. Espero que traigas sabiduría. Espero que traigas fuerza.

Cómo Harry Potter me enseñó a librar mis batallas

Ayer se celebró el vigésimo aniversario de la publicación de Harry Potter y la piedra filosofal, y yo lo celebré participando en el club de lectura que ha organizado Pottermore, vistiéndome con mi camiseta más mágica y reflexionando sobre lo agradecida que estoy de haber podido crecer con Harry.

No es un secreto que J.K. Rowling es una de las personas a las que más admiro en este mundo. Como hija de madre soltera, siento el deber de darle las gracias por representar a todas las madres solteras, y por demostrar que pueden hacer cualquier cosa que se propongan, desde escribir el libro más vendido después de la Biblia hasta criar a un bebé cuando todo lo demás parece estar en su contra. Admiro a Jo por denunciar las injusticias, y por utilizar su plataforma para ofrecer soluciones. Admiro a Jo por no olvidarse de sus orígenes humildes. Y ante todo admiro a Jo por lo vocal que es acerca de su salud mental.

Lo cierto es que Harry siempre ha estado ahí exactamente cuando yo lo necesitaba, y con el tiempo he llegado a relacionar el mundo mágico de J.K. Rowling con la palabra recuperación. Al principio, cuando era una niña con un sistema inmunológico bastante débil, nada me hacía más feliz que tener otro libro de Harry Potter entre las manos. De pequeña sufría muchas infecciones que me obligaban a guardar cama, pero nunca sentí que me estuviese perdiendo mucho porque, junto con Harry, asistía a Hogwarts, la prestigiosa escuela de magia y hechicería, y era capaz de derrotar a un basilisco y volar a lomos de un hipogrifo. A los diez años, tras pasar un mes en cama con una otitis, vi tantas veces la película de El prisionero de Azkaban que creo que estropeé un poco el VHS.

Cuando crecí y empecé a mostrar signos de ansiedad y depresión, Harry volvía a estar ahí para apoyarme.

Es increíble el sentido de pertenencia que te otorga algo tan pequeño como saber tu casa de Hogwarts cuando has sufrido episodios de despersonalización desde los diecisiete años. Siempre me he sentido identificada con Gryffindor, la casa que valora la valentía, la lealtad y el honor sobre todas las cosas. Desde que sufro ciclos de ansiedad y depresión, sin embargo, Gryffindor ha venido a representar mi batalla contra las enfermedades mentales.

Me considero una persona valiente, puesto que entiendo le valentía no como la falta de miedo, sino como la falta de respuesta ante el miedo. Por eso, cuando Harry le confiesa a Lupin que su mayor miedo es el propio miedo, no pude evitar sentirme profundamente conmovida. Saber, además, que en la saga hay un modo de combatir ese miedo (el conjuro riddikulo) me deja con una extraña sensación de paz, como si yo, también, pudiese sacar mi varita y ahuyentar a mis fantasmas. Y puedo. Con la risa. Esa es otra cosa que me enseñó J.K. Rowling.

¿Algo más? La depresión. Jo tiene todo mi respeto al presentar a los niños una enfermedad tan devastadora a través de unas criaturas tan escalofriantes como los dementores, que se alimentan de tu alegría y tu felicidad. Es dolorosamente bonito, y honesto, saber que a estos dementores también se les puede vencer: con un poco de chocolate, para recomponerte, y el hechizo patronus (uno de los más difíciles, que requiere que conjures tu recuerdo más feliz). ¿Acaso no es así también en la vida real? La batalla contra la depresión es durísima, pero podemos asestar golpes al monstruo haciendo una pequeña colección de nuestros mejores recuerdos.

Al final del día, pase lo que pase, puedo contar con todas las lecciones que Harry Potter me legó. Te estoy muy agradecida, Jo. Mil y una veces. Gracias por enseñarme a encender la luz cuando la oscuridad amenaza con devorarme.

Gloria Fuertes, princesas y cuentistas 

Gloria Fuertes fue la primera poeta a la que leí y, coincidentemente, la primera a la que amé. Es una suerte que tu primer toma de contacto con la poesía sea de la mano de alguien que pueda obrar magia con las palabras de la manera en la que Gloria lo hacía; de lo contrario, la cicatriz resultante podría ser tan embarazosa que la sola mención de la poesía podría hacerte hiperventilar.

En aquel momento, con siete años, mi abuelo había intentado hacerme leer a Becquer y yo no me había entusiasmado demasiado. Porque tenía siete años.

Los niños son un público difícil. Si no controlas el sentido del ritmo los has perdido. Si dices en diez palabras lo que podrías decir en cinco no te lo perdonarán jamás. Los niños lectores son, en cierto sentido, mini Hemingways: si no dominas el sutil arte de la sencillez no tienen por qué perder su tiempo contigo.

Maya Angelou (otra poeta de la que me enamoré, pero cuando cursaba Literatura inglesa en la universidad) decía que easy reading is damned hard writing, y en eso Gloria era una auténtica maestra. Muy pocos pueden conquistar a los niños y muy pocos pueden decir tanto con una sencillez tan exquisita, y ahí reside el talento de Gloria.
Hoy las redes se caldearon un poco con el último artículo de Javier Marías. En él, el autor (del que últimamente se habla más por buscar la polémica fácil que por sus novelas) no solo cuestionaba la valía de Gloria Fuertes, sino que además aprovechaba para darnos una lista de “buenas autoras” (siempre bajo su propio juicio) a las que “leer por caridad”. Como Javier Marías es Javier Marías y todos sabemos del pie del que cojea, consideró que la ocasión también era buena para hacer una crítica del feminismo de hoy, que a su parecer ensalza a las mujeres solo por el hecho de ser mujeres.
Yo a los siete años no sabía mucho de la vida personal de Gloria Fuertes ni, mucho menos, del feminismo. De hecho, lo poco que sabía de las desigualdades entre los sexos lo había aprendido de las novelas de fantasía y de las películas de Disney: sabía que, en algún momento de la historia, las mujeres solo habían sido consideradas aptas para casarse, lo cual me parecía una soberana tontería, especialmente porque había tantos personajes literarios femeninos capaces de derrotar dragones. 

A los siete años pensaba que el concepto de la mujer como un ser inferior había quedado relegado a la Edad Media. No sabía, por ejemplo, que lo primero que van a decir de ti si escribes es tu sexo, ni que te van a criticar y etiquetar en base a él, ni mucho menos que podrían colgarte el estandarte de feminazi (antes a las feministas las llamaban histéricas, pero hoy en día se prefiere compararlas con una ideología política que defiende el exterminio sistematizado por motivos raciales) si te quejas. Puesto que ni intuía nada de esto, Gloria Fuertes fue una de las autoras maravillosas que me hizo ver que yo también tenía una voz y que podía usarla.
Javier Marías nos da una lista de mujeres a las que “leer por caridad”. Lo que yo no entiendo es cómo un hombre que se cree con la potestad de cuestionar el talento de sus colegas puede utilizar semejante expresión y quedarse tan tranquilo. 

“Por caridad” mi familia aceptaba escuchar los cuentos que yo contaba cuando ni siquiera sabía escribir. Y digo “por caridad” porque eso generalmente se traducía por una Andrea tan emocionada contando su historia que echaba a correr antes de terminarla. “Por caridad” porque ni siquiera conseguían una historia entera. “Por caridad” porque yo era una niña y demasiados adultos consideran que los niños no tienen todas sus facultades intactas, como diría Salinger.
Lo que Javier Marías no nos da es una lista de motivos por los que él considera a Fuertes una poeta tan sobrevalorada. Por no pecar de lo que critico, os diré por qué yo considero a Marías un autor tan sobrevalorado (ideologías políticas al margen, no vayan a tacharme de hipocritilla).

Simple y llanamente, como lo es todo en este artículo, desconfío de cualquier autor al que se le vea el plumero; es decir, cualquier autor que adore escucharse a sí mismo hasta el punto de no saber discernir entre un buen pasaje y un ejercicio de masturbación literaria. Cuando leo quiero que la historia me muestre lo brillante que es el autor, no que el propio autor me lo cuente, en primer lugar porque me gustaría que no menospreciasen mi comprensión lectora y en segundo lugar porque la arrogancia y las alabanzas a uno mismo me hacen poner los ojos en blanco. 
Así que me quedo con Gloria. Mil y una veces. Mágica Gloria. Una mujer que hizo honor a su apellido: Fuertes.

ku•rai ta•ni•ma

Kurai Tanima (暗い谷間) es la expresión japonesa que designa los quince años de la dictadura militar de la era Showā (es decir, los primeros años del reinado del Emperador Hiro Hito, conocido entonces como Emperador Showā). Kurai tanima, que se traduce por “el valle oscuro”, es, por lo tanto, la vertiente japonesa del “longo soño de pedra” con el que se denomina en Galicia al franquismo.

El valle oscuro es también el título de mi próxima novela. Sí, habéis leído bien: mi próxima novela. 

Aunque solo estamos a junio, puedo decir con total confianza que uno de los mayores regalos que me ha dado el 2017 es la oportunidad de ver publicadas dos novelas muy diferentes temáticamente pero que para mí tienen almas gemelas. Si tuviese que definirme por alguno de los libros que he escrito, hoy elegiría, mil y una veces, Desayuno en Júpiter y El valle oscuro. Ambas las terminé con menos de un año de diferencia, y ambas se harán un huequecito en las estanterías (bueno, Desayuno ya lo ha hecho) con menos de un año de diferencia. Pero lo más importante es lo que ambas significan para mí; las dos son un reflejo de mi visión del mundo: lo que supone ser una chica a la que le gustan otras chicas, la valentía silenciosa de ser una mujer cisgénero en un mundo en el que por ser hombre cisgénero automáticamente recibes mejores cartas, la importancia de levantar la voz cuando todos los demás callan. Las dos juegan con la magia, también, y las dos (Desayuno de pasada) hablan de la guerra.

La guerra siempre me ha fascinado. A los once años decidí ser corresponsal de guerra, y creo que mi madre se llevó una gran alegría cuando a los dieciocho, en cambio, opté por estudiar literatura. 

A los dieciocho, también, empecé a escribir de la guerra. Agosto de 2013. Normalmente tardo un par de meses en terminar una novela, pero El valle oscuro me tomó casi cuatro años. No porque sea excesivamente larga (de hecho, es un poco más corta que Desayuno) sino porque no es una historia completamente mía. Veréis, Momoko y Jun y todos los demás personajes son ficticios, y los fantasmas son ficticios, y gran parte del argumento es ficticio también, pero el alma de la novela está bañada de historias que no son mías y que he decidido no reproducir porque pertenecen a las personas que me las contaron y a sus familias.

Dejad que me explique: durante el verano del 2013, e intermitentemente hasta finales del 2015, conduje una serie de entrevistas con veteranos de guerra y sus familias. 

Aunque las guerras me intrigan, moralmente siento el deber de ser pacifista siempre y cuando el pacifismo no ponga en peligro las vidas de más personas. Y sabía, desde el principio, que no quería escribir una novela en blanco y negro, de héroes y villanos; quería pintar mi novela en tonos de gris, y quería que viviesen en ella personas de carne y hueso: valientes y cobardes, débiles y fuertes, generosas y egoístas, todo al mismo tiempo porque los humanos somos así de contradictorios.

Durante los meses que dediqué a entrevistar veteranos de guerra, aprendí un par de cosas sobre el coraje y la humanidad, pero sobre todo sobre el duelo y la amistad. Algunos testimonios me erizaron tanto la piel que acabé dedicándole la novela a tres de esos hombres: Henry (el único que murió en combate, en 1945, y del que su sobrino me contó historias entrañables y aterradoras), Leo y Glen (que murieron en 2014 y 2016, respectivamente). 

En el fondo, una de las cosas más especiales que te deja una novela es todo lo que aprendes con ella, y yo con El valle oscuro he aprendido a meditar y a conjurar fantasmas japoneses (que no es que vaya a intentarlo, pero…), y durante las sesiones de escritura mi casa se llenó de música clásica, y en esos cuatro años abastecí mis estanterías con poemarios de Yosano Akiko y muchas otras feministas japonesas de la primera ola.

¿Qué podréis encontraros en El valle oscuro? Veamos…

•Una chica que lanza mensajes en una botella.

•Una ladrona de comida en lata.

•Un hermano de uniforme y un hermano con un secreto.

•Una madre que quema literatura subversiva en su jardín.

•Un sepulturero con un corazón de oro.

•Visitantes que llegan de noche y se van de noche y un fantasma en el desván.

•Un muchacho con un pedacito de universo colgando del cuello.

•Y la guerra en todas sus facetas: cruel, ciega, desgarradora y atroz, capaz de romperlo todo y pedir más a cambio.

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